domingo 29 de marzo de 2009

Canon: capítulo 2 parte 3

La rue Serpente se ríe de mi desgracia. Sus balcones aprietan sus barrotes contra mi cuerpo, cárcel de desesperación. Las fachadas desgastadas al fin ven algo de acción, obligando a sus dueños a levantar la vista de sus rutinas de soledad.

El viejo veterano de guerra ladea un poco el cuello, semejando un cazador curioso. Su rostro está cargado de malicia. Los ojos entornados, la sonrisa partida, las pulsaciones demasiado tranquilas en sus sienes. Estoy en su territorio. Esto no debería haber sucedido tan pronto. Apoya una mano en mi hombro y soy incapaz de reaccionar. Siento como sus dedos se agarran como lo harían los de una rapaz sobre su presa. Experimento la seguridad de que no voy a escapar. Aterrado, contemplo como su cabeza se acerca hacia la mía. Paso a respirar el whiskey "Crown Royal", atmósfera de los olvidados. Finalmente susurra en mis oídos.

- Sé quién eres... No tengas miedo, ya me han hablado de ti - el instinto de supervivencia se me dispara hacia la única escapatoria visible. Sonrío, jugando la carta con la que empecé la mano.
- Muestra más respeto entonces - mi voz suena demasiado ronca. Se cuela por las cicatrices de sus mil batallas, y rebota sarcásticamente hacia mi.
- Podría seguir cerrando mi mano hasta que no quedase nada que agarrar. - una sonrisa perdida acompaña su réplica - Mostraré respeto a quién sea merecedor de él. Y tiene un alto precio-

La gente que anteriormente se había mostrado curiosa, parece comprender que no es bienvenida. La intimidad que nos había dado la reputación del capitán, comenzaba a asfixiarme. Al parecer conocía mi cometido. Eso me dejaba sin capacidad de reacción, de nuevo un títere roto sin escenario. Traté de replicar, aún a sabiendas de que sólo alargaba inútilmente mi patética existencia.

- Dudo que usar la violencia conmigo te vaya a conseguir nada. Sólo soy un mensajero, y si pierdes el mensajero, adiós mensaje. - su rostro se separó finalmente de mis oídos. Como pude, busqué algo de aire puro en su breve retirada. Mientras inspiraba ávidamente, una mueca suya trabó mi fingida calma.
- No hay nada que escuchar. Dile a tu Jefe que se olvide de mí. Es mi única respuesta.- soltó mi hombro y algo extraño sucedió. Su mirada se perdió en algún lugar que yo no conocía. Los estragos de la vejez parecían asfixiarle de repente. Una pequeña tregua de contradicciones que me sacó de mi palidez aterrada. Reflexioné mientras observaba como el capitán intentaba marcharse de mi compañía inconscientemente.

Si conocía al viejo alpha mi misión se convertía en un sin sentido. No tenía ninguna noción de que hubiera visitado nuestras instalaciones. Y por otra parte, jamás se me había informado de cualquier intención de contacto entre mis superiores y los sujetos de estudio. Era yo quién debía hacer las evaluaciones. Mi juicio era clave para la operación. La triste existencia en la que me habían encarcelado se descosía por las costuras.

Buscaba replicar a su negativa. Querría tener más velocidad de pensamiento, estar a la altura; pero todo se desmoronaba. El viejo capitán se marchaba con la cabeza alta de nuevo. Su pose era un claro desafío a mi status en la organización. Y lo peor es que me sabía de antemano incapaz de enfrentarle.

Me aferré a mi siguiente objetivo, intentando dar algo de sentido a mis pulsaciones. Jules podía ser una pieza que cambiara todo. Sabía que habría de investigar la declaración de Jaques, más adelante. Pero en mi situación, necesitaba algo con lo que volver a moverme por encima de sus miradas. El joven esquizofrénico se había convertido en mi salvación. Giré sobre mis pasos con la sensación de que todo estuviera orquestado para centrarme en el bibliotecario, y mi premura terminó desechando el hilo de mis pensamientos.

Mientras me alejaba en la todavía joven mañana de París, una figura que no me había pasado desapercibida, seguía su curso en dirección opuesta a la mía. Demasiados interrogantes para una pieza tan sencilla como yo lo era. Volteé la cabeza siguiendo su trayectoria y ya había desaparecido. La única suerte que tenía, es que ya nada sería capaz de sorprenderme después de mis años de servicio a la organización. Años que al parecer, estaban llegando a su fin.

lunes 23 de marzo de 2009

Canon: capítulo 2 parte 2

Apuré la acera hasta encontrarme con el incesante tráfico de París. El boulevard Saint-Michel saltaba entre las vidas de los habitantes de la metrópoli, señalándoles un sin fín de direcciones a las que dirigirse. Yo hubiese preferido tomar cualquier otra que a la que mi destino me arrastraba.

La ancha calzada había amanecido ruidosa, plagada de conductores demasiado distraídos con sus tribulaciones, como para reparar en aquello que yo sólo era capaz de observar. Unos metros más adelante se encontraba el capitán Jaques Rousseau, contemplando lo que le rodeaba con aparente indiferencia. La cafetería Lutece, las tiendas de ropa cara y los establecimientos de higiene corporal se encuadran ante él. Me escondo en un pequeño puesto de periódicos, al abrigo de las páginas que jamás tengo tiempo de leer, y le observo con el mismo detenimiento y precaución, que aquella luciérnaga que se acerca a la luz, aún a sabiendas de cual será su fin.

El policía lleva su impoluto uniforme bien ceñido al excelente cuerpo de atleta que mantiene. Esta mañana ya debe haber hecho su visita matutina al gimnasio, pues parece respirar con una frecuencia de dos inspiraciones/minuto más elevada que su normalidad. La barba le ha crecido unos milímetros desde nuestro último encuentro, y su libreto de multas ha disminuido 3 cm de grosor. Unas pruebas sutiles que me lanzan hacia la evidencia de la que huyo. Sabe qué estoy aquí, está nervioso, y posiblemente descargue su frustración con las pesas y los conductores, hasta que vuelva a darme caza. A pesar de ello, sigo acercándome a la luz.

Jaques Rousseau avanza lentamente hacia la Rue Serpente, visiblemente perdido en sus pensamientos. Gira la esquina y se introduce en la estrecha vía. Los muros blanco marfil y ocre de las fachadas coloniales, no son capaces de reflejar el temor que inspiran sus taimados pasos. Sigue con determinación hacia la Rue Hautefeuille, escapando de mi alcance. Compro un periódico y las letras lloran por mi falta de atención. Usando el periódico de parapeto, intento calibrar hasta que punto puedo seguir con mis paupérrimas anotaciones. Mientras tanto, el capitán ha desaparecido de mi vista. Acelero y el corazón vuelve a querer huir de mi pecho, como acostumbra ultimamente. Jacques está justo delante de mi. El puño cerrado y la sonrisa marcada en una mueca de victoria me arrebatan la respiración.

martes 10 de marzo de 2009

Canon: capítulo 2 parte 1

Siguen sin saber nada acerca de su identidad. Me levanto obsesionado con este pensamiento, como cada mañana en los últimos diez años. Tanto tiempo controlándoles, hace que llegues a familiarizarte más de lo necesario con ellos. He llegado a admirar como han afrontado sus vidas a pesar de todo. Y yo, sin embargo, no puedo ni compararme con sus excrementos. Quizás el desconocimiento del poder es lo que te permite saber utilizarlo. Me hundo en esta miseria, mientras el día vuelve a levantarse en París.

Son las 9:30 AM del 23 de febrero de 2002. La era tecnológica se muestra orgullosa a cada paso que da, sin apreciar el trabajo que muchos realizamos en las sombras, para que pueda seguir avanzando. Un sol que odio más que a mi mismo se cuela por la sucia ventana, iluminando parcialmente la habitación. Nuestro tiempo siempre está con medias luces. Y así ha de ser, si queremos que la especie humana siga abusando de sí misma para avanzar. Con que unos pocos soportemos los remordimientos y la responsabilidad de esta decisión, los demás mortales podrán seguir jactándose de su maravilloso progreso.

Trabajo para dos empresas farmacéuticas, una aeronáutica, tres multinacionales de la alimentación, dos petrolíferas, ocho gobiernos y una serie de inversores bastante influyentes en el orden económico global. Tiene gracia. Nadie conoce mi identidad, pero todos confían en mí. Saben que siempre seré fiel. No es un presentimiento, es una certeza; pues así fui diseñado y educado.

Miro mi soledad en el espejo cargado de suciedad, que lucha por aguantarse en la pared opuesta a mí. Dudo bastante que pueda describirme como lo haría cualquier otra persona. Ya que no se si cumplo con ciertas reglas, cánones establecidos para entender lo que nos rodea. De todas formas, tengo aspecto de peligroso, cargado de thriller en la mirada, y una gabardina calada hasta el fin de la vista. Hace diez minutos que me levanté y ya estoy pensando en ponérmela. He de protegerme.

Palpo los bolsillos distraído, esperando encontrar algo de valor. No alcanzo nada más que mi viejo diario con los perfiles psicológicos que conozco de memoria. Mi obsesión me hace volver a sacarlo. Releerlo hasta la extenuación. Sigo pensando que hay algo que no encaja, y reviso todas mis notas de nuevo. En 30 minutos tendré que anotar las impresiones del capitán Jacques Rousseau. En una hora y media visitaré a Jules De Giverny, y para terminar el día terminaré el resto de la jornada con mi Sandra Álvarez.

Siempre la misma historia. Me siento tan vacío. Abro el diario para no seguir pensando, y el perfil de Jules aparece ante mí.

Jules de Giverny

Varón nacido el 18 de Octubre de 1974 en Honfleur. Su padre, Joan de Giverny, se dedicaba al tráfico de mercancías en el pequeño puerto de su localidad. Su madre, Marie Mear, ocupa el cargo de bibliotecaria municipal. El sujeto nació sin ningún tipo de anormalidad física ni psíquica. Desarrollo psicomotor normal. Inteligencia acusada desde los primeros años de su vida.

12 de Marzo de 1979: Joan de Giverny le propina una brutal paliza a su mujer embarazada. Ésta termina perdiendo a su segundo hijo, y se niega a mantener relaciones sexuales a partir de ese punto. Jules se refugia en sus libros para no tener que escuchar las continuas discusiones del seno de su familia.

20 de Octubre de 1981: Dos días después de la celebración de su séptimo cumpleaños, Marie decide abandonar a su marido, llevándose a Jules con ella a la biblioteca. Joan de Giverny pierde totalmente la cabeza y comienza a usar las drogas con las que trafica, de forma mucho más acusada que lo hacía anteriormente.

11 de Enero de 1984: Jules se ha convertido en un alumno brillante. No tiene ningún amigo aparte de sus amados libros. Parece no importarle. Su madre tampoco presta mucha atención a esta desviación asocial del muchacho, sobreprotegiéndole de forma enfermiza. La singular familia recibe de tanto en tanto las visitas de Joan, ebrio y cada vez más lejos de la realidad. La biblioteca se convierte en una fortaleza en la que refugiarse.

14 de Abril de 1986: A las 22:45 de la noche, Marie es asesinada por su ex-marido. Éste arrastra su cuerpo por toda la biblioteca, por cada uno de los pasillos, buscando a su hijo. Finalmente se encuentra en un corredor donde el muchacho le tiende una emboscada. Las estanterías aplastan al hombre, dejándole tetrapléjico para toda la vida. Jules no vuelve a hablar con nadie desde ese momento.

25 de Marzo de 1998: La biblioteca ha de cerrar por falta de fondos. Jules se ve obligado a comprar todos los libros de la misma, con una vieja herencia de la que aún se beneficia. Termina trasladándose a París, a un viejo apartamento que perteneció a sus abuelos maternos. Su aislamiento social se acentúa.

30 de Enero de 2000: Consigue un trabajo como ayudante de bibliotecario en la Bibliotheque Nationale de France, en el que dura 4 meses. Ha de abandonarlo para ingresar en un centro psiquiátrico, por recomendación de su jefe. Nos es imposible hacernos con el informe psiquiátrico.

17 de Noviembre de 2001: Jules salva a una anciana de ser atracada.

18 de Noviembre de 2001: Jules resuelve el caso de un violador en serie, poniendo las pruebas a disposición de la gendarmerie.

19 de Noviembre de 2001: Descubre una intrincada red de narcotraficantes que tenía lugar en Meaux, una localidad cercana a París.

20 de Noviembre de 2001: Me tiende una trampa de la que casi no consigo escapar. De pronto se ha vuelto mucho más inteligente. Sé que he de dejarle por un tiempo. Abandono París para perfeccionar mis métodos.

Y un borrón termina este perfil, que se reemprende unos días atrás, cuando finalmente decidí volver a París. No he podido volver a anotar nada por la noche. Sigo sin confiar en poder enfrentarme a él. Abro el diario por la marca de Jacques, no me apetece pensar en Sandra.

Jacques Rousseau

Jacques Rousseau Beaussie, nacido el 12 de Mayo de 1968 en París. Su padre, Jean-Baptiste Rousseau proviene de una línea de famosos militares franceses, descendientes de la corte de Napoleón. Muestra una obsesión evidente con la temática belicista. Su madre, Amélie Beaussie Delacroix proviene de un seño de artistas. Sus padres la abandonaron a principios de siglo, en uno de los talleres impresionistas. Pronto pasa a ser apodada Mesalina por sus actividades sexuales.

Cierro el diario. Jacques me aburre sobremanera. Su historia no es más que un calco que la de cualquier soldado con delirios de grandeza. Empuñando un poder que no sabe ni cómo le han entregado, incapaz de controlarlo. Le odio. Posiblemente motivado por la relación esporádica que mantiene con Sandra. Es muy probable. Que traviesa fortuna, la que junta a las dos personas exactas entre dos millones. La única posibilidad de éxito para ellas era encontrarse. Esto lo complica todo mucho más. A Jules en solitario si que podría enfrentarme, pero si algún día deciden coordinarse, voy a requerir la ayuda de gente que no quisiera haber conocido jamás. Me frustro. Abro el diario de nuevo, y me encuentro con el fatídico 17 de Noviembre.

17 de Noviembre de 2001: Jacques destroza el cráneo de un atracador con su propia mano.

18 de Noviembre de 2001: Jacques lanza al río Sena, los cuerpos mutilados de cinco pederastas buscados por la policía.

19 de Noviembre de 2001: Jacques me parte un brazo. Consigo escapar gracias a Sandra. La única vez que el destino parece haberme sonreído.

20 de Noviembre de 2001: No puedo seguir detrás de él. Me entero por las noticias de que ha traicionado a varios de sus compañeros en una redada. Gracias a esta acción, cuatro de ellos mueren, y a cambio, una red terrorista es frustrada en sus planes de atentar contra la capital francesa y demás objetivos en Europa. He de abandonar París.

Y las anotaciones vuelven a retomarse unos días atrás, con apenas información de validez. Éste sujeto de estudio me asusta todavía más que Jules. Miro el reloj y compruebo alarmado como el tiempo se me ha echado encima.

Me levanto de mala gana del sillón, paso por la cocina y me bebo un cartón de leche que anoche metí en la nevera. No tengo tiempo para mis adorados bizcochos. Hace mucho tiempo que no puedo saborear un dulce.

Saboreo los pocos segundos que me quedan de seguridad, me enfundo en la gabardina y comienzo a bajar las escaleras. Pronto volveré a mirar a los ojos a mi destino.

Canon: Jacques capítulo 1

Siempre me ha gustado leer cómics. Me crié con las peripecias de Superman, Batman, Spiderman, y demás atribuciones maravillosas que se pudieran sumar a un ser humano normal. Por lo que no ha de extrañar mi obsesión con convertirme en un superhombre.

Nací en una familia rica de la Ille du France, junto a la catedral de Notre Dame. Mi padre murió en el desembarco de normandía, dejando en la arena sangrienta, la última huella de cordura que podría haber rescatado a su hijo. Mi madre era apodada Mesalina, por sus discutibles gustos sexuales, y por cómo hundía nuestra cuenta bancaria, a base de engordar su leyenda en los distintos Moulins y zonas recreativas nocturnas. Aún así, tuve dinero más que suficiente para montar mi propio gimnasio, rodeándome de las personas más experimentadas en la materia. Investigamos acerca de cómo mejorar el rendimiento del cuerpo humano desde una perspectiva poco saludable. Bastantes de mis compañeros sufrieron secuelas importantes, al ser usados como cobayas en tratamientos de potenciación muscular. Pasé demasiado tiempo con remordimientos y estupideces que me atormentaban. Terminó por convertirse en una obsesión, y acepté enrolarme en el ejército para olvidar por un tiempo el enfermizo cariz que todo estaba alcanzando.

La guerra forjó mis valores. Estuve presente en el conflicto de la antigua yugoslavia, así como de voluntario en la guerra del Golfo. Contemplé atrocidades que no deberían haberse sumado jamás, a la falta de criterio con la que fui educado. Lo sé. Y gracias a ello sigo cuerdo, atrapando criminales y no degollando a los altos cargos políticos que tenga a mi alcance. Sin embargo, se me otorgó un poder que no soy capaz de controlar. Creo que tendré ocasión de poder relatar más adelante, cómo me torturaron durante más de un año sin descanso. La interminable lista de lesiones cerebrales que sufrí, y la abolición total del sentido de la compasión por mis semejantes. Me transformaron en el villano que siempre había leído con aversión en los cómics. Mi cuerpo, es capaz de sobrepasar sus límites cuando la mínima acción violenta se presenta ante mi. He llegado a romperme los dedos intentando atravesar el cráneo de un criminal con ellos mismos. Me encanta contar batallas. Pero no es el momento.

Fumo un habano demasiado viejo como para que pueda ser dañino. La noche de París se esconde de mí, y los criminales menos habilidosos saben que terminarán con una pierna rota con suerte, y en una caja de madera con mucha de esta suerte. A nadie le gusta que le rompan las piernas más de una vez. Eso puedo asegurarlo.

En cambio, esta vez puede que les deje recuperarse. Tengo la cabeza ocupada en el tipo escurridizo que ha estado espiándome últimamente. A mis 43 años, no puedo consentir que se juegue conmigo. Ya sea porque no tengo a nadie de valor que proteger, o porque me gustaría probar mi adormilado ingenio, todavía sigue con vida. Mañana en la ronda pensaré en ello.

Por cierto, a la vuelta de la guerra me hice policía. La placa es una excusa, y a mi me encantan las excusas.

lunes 9 de marzo de 2009

Canon: Jules capítulo 1

Todos los libros que he leído tienen demasiado polvo sobre sus lomos. Me da miedo que alguno de sus personajes se enfade conmigo, si decido abrirlos de nuevo. La última vez que discutí con el capitán Nelson fue tan intensa, que terminé por lanzarle al fuego. No deberían hablarme, pero lo hacen. Saben que no deberían hacerlo. Jamás he creído ese propósito que dicen tener dispuesto para mí. Los psiquiatras ya se han cansado.

Esta noche sin embargo, quizás me atreva a abrir alguno de ellos. Estaba pensando en compartir con Sherlock Holmes lo del extraño tipo de la gabardina. Esta mañana se pasó dos horas observando como conversaba con el Conde Drácula. Nunca me termina de gustar su conversación. Me da escalofríos. Y aún así, me sentía protegido ante la mirada más amenazadora de aquel hombre que se escondía de nosotros.

Vivo en París, tengo 28 años y acostumbraba a leer un libro cada dos o tres días. Esto fue decreciendo, conforme mis queridos amigos de papel decidieron irrumpir en mi realidad. Al principio consiguieron atormentarme, inundando mi espacio vital con sus divagaciones, opiniones estúpidas, y órdenes en última instancia. Más tarde, aprendí a aprovechar sus momentos de lucidez en mi beneficio, intentando obviar los delirios que se empeñaban en provocarme. Pero caí demasiado tarde en la cuenta, de que conforme se hacían más presentes, más me costaba sacarlos de mi mente. Ahora mismo convivo con el Dr. Francis Geels, salido de un libro de Robert Cook; con el valeroso D'Artagnan, de mi idolatrado Dumas, y con la Lolita de Nabokov.

Por el apartamento se pasea la adolescente provocando a mi pobre D'Artagnan. Un gascón no está acostumbrado a la poca decencia de nuestro tiempo. De todas formas ambos están algo apenados por la muerte de Nelson. Tuve que hacerlo. Dejarme en paz.

El Dr. Geels parece entenderme mejor. Dice que va a estudiar a fondo mi caso como en el libro del que proviene. Que conseguirá alguna droga que me haga olvidarles a todos. Se apena siempre que llegamos a este punto. Yo finjo estarlo también.

He de hablar con Sherlock. Me dirijo algo temeroso a la biblioteca. Un espectáculo digno de ser visto por quiénes no me comprenden se abre ante mis ojos. La luz se filtra por las vidrieras alumbrando con avidez toda la sala. Un piso de parquet, las estanterias color caoba, y muebles coloniales heredados de mis padres, sirven como marco para lo que se avecina. Doy dos pasos adelante y todo comienza a temblar.

Los estantes se vacían nerviosos. Saben que voy a volver a visitarles. El polvo salta de un lado a otro mientras todo me da vueltas. Me arrodillo abrumado. La cabeza va a estallarme. Lloro sólo y todo termina. Levanto la vista y allí está con una mano tendida hacia mi. El hombre de gabardina que va a ayudarme a investigar a su semejante que ha estado acosándome. Le miro a los ojos, y mucho me temo que su intelecto y el del Dr. Geels chocarán a menudo. Vaya suerte.

Reloj mundial!!!! (q mariconada)

Super Mario!!