miércoles, 14 de noviembre de 2007

Ojos verdes capítulo 1

-1-

La ventana recortada en sollozos color crema de su vieja cortina, muestra el tenue reflejo del muchacho. Sus ojos verdes escudriñan la calle más abajo, en busca de alguna situación infame que le permitiera distraerse unos minutos más. Un suspiro de trivialidad que anestesie el dolor sin fondo de su gesto. Su mente huye de nuevo de la realidad. No es una huida trágica de esas que recuerda haber visto en películas, con un héroe resbalando por una empinada ladera, sorteando troncos y vegetación, apartando ágilmente los obstáculos del camino para que no pierda un ápice de espectacularidad tal situación. La suya es una huida penosa. Tropieza con todo lo que le rodea hasta acabar envuelto en un fardo de mediocridad que lo engulle lascivamente. Esa triste mediocridad de la que huía se lo traga. Se ve sólo en un diván, disfrutando de la compañía de un gato moruno, que le odia más; que él al mundo. Y no es poco.

Contempla el devenir del tiempo sin mayor aspiración que esperar el rugir del estómago, la llamada del inodoro, alguna factura retrasada por pagar martilleando su buzón, o quien sabe infinidad de maravillosas sorpresas que inundan los días del vulgo. Siempre le gustó considerarse especial. Pensaba estar hecho de una pasta mágica, mezcla de romanticismo y genialidad, vestido con sus mejores galas de ingenio. Nada de eso. Su reloj disfrutaba arrastrando las manecillas a través de la esfera del mismo. Lo miró de nuevo. Debía ser la decimonovena vez que comprobaba que las horas no habían decidido pasar tan rápido como los segundos. Malditas horas. Recuerda aquél tiempo en que le gustaba que fueran interminables, que absorbieran el cauce de la realidad haciéndole permanecer anclado a sensaciones de las que uno gusta abrazar. Odiaba los verbos conjugados en pasado. Ya hacía un tiempo que había tomado la determinación de no utilizarlos. No era tampoco nada difícil, cuando no tenía con quién, mas una determinación siempre es agradable de afrontar, y aquella era firme e implacable. Olvida el pasado. No sabía ni hacia donde ir, ni cómo lo tenía que hacer. Así que se limitaba a ver transcurrir los acontecimientos. Adueñado de la seguridad de hacer lo correcto, su cuerpo intentaba sobrevivir a base de comida precocinada, limosnas de los vecinos y vagos intentos de desarrollar algún mecanismo de nutrición autótrofa.

A sus 28 años todo era distinto a como imaginó. De hecho jamás imaginaba. Se convencía de las cosas. Decía estar seguro de todo lo que iba a acontecer, y con ello realmente empuñaba un arma fortísima y difícil de abatir. “Su hijo tiene una mente excepcional señora, no lo olvide y sepa encauzarla hacia algo productivo para la sociedad”. Malditos psicólogos. Les odiaba sobremanera. Bueno a todos no. A Claudia la recordaba empapada en sudor, con sus turgentes senos bajo sus labios, y su pasión enfrentada por la “dura” lógica que él poseía. A los demás sí. Mequetrefes amargados que idolatran mentes “especiales”, por unos cuantos tests hechos de cartón piedra, que un mono con suerte y una varita de cristal podría resolver a la perfección. “Su retoño es un privilegiado. No sabe la suerte que tiene al poseer ese don”. ¿Don? ¿Privilegio? Unas carcajadas malditas nacían de su interior (Juas Juas Juas!!!), asemejando los malvados personajes de dibujos animados que quedan tan lejanos en su recuerdo. Capacidad para desbordarse a sí mismo por exceso de pensamiento. Buena definición. De hecho, cojonuda. Nunca le había gustado dar vueltas a algo que ya de por sí estaba más revuelto que las tortillas que jamás consiguió hacer a derechas. Siempre se terminan quemando. Esas ideas siempre te terminan quemando. Su capacidad renacía con su estado de ánimo. Triste figura la suya que consumía creatividad bajo la pena de la soledad. Admiraba todos aquellos artistas que la sabían canalizar hacia algo maravilloso y admirable. Ese tipo de personas tenían la fuerza suficiente para enjaular la tristeza exacerbada por aquel “Don”, y crear figuras pictóricas que desafían todo lo establecido, anudando lágrimas en los ojos de los sensibles, e incomprensión (pero respeto) entre los infelices de mente plana. Él nunca supo como avanzar por ese sendero. No le apetecía el esfuerzo extra que tenía que sumarle para quizás, con mucha suerte; acercarse a esos genios a los que amaba.

Mas el destino le reservaba una linealidad enfermiza que se mezclaba con los gritos de la histérica del tercero y Pepe el frutero. En un ático de la Malvarrosa se guardaba del mundo exterior. A él le gustaba llamarle así, mas de ático sólo tenía el título de encontrarse en lo más alto de la finca número 38 de aquella larga avenida. Las viviendas se ataban en un brochazo hecho con un pincel demasiado grueso para aquél pie. Tal vez esa era la magia del lugar. Cerca de la playa de Valencia, donde el mar todavía transporta la sonrisa de las dunas de espuma, sus ojos respiraban sin miedo la luz de los amaneceres vírgenes de levante. Cualquier piso estrecho servía para no llevar al extremo el riguroso símil entre Marcos y el “Rodolfo” de la bohéme. Pensó que decorarlo tendría su encanto. Sus vagos conocimientos en bricolaje y construcción rallaban el cubismo, dando un toque de desorden visual, que le daba la capacidad de llamarle como quisiera por su condición de indefinible. Buhardilla para pobres. Sonrió al reconocer en su mente el momento en el que decidió bajar unos centímetros el techo, inclinándolo progresivamente hacia el piso del mismo. De cómo la talla de yeso se derrumbó, dando a conocer a un sinfín de habitantes salidos de alguna novela de Edgar Allan Poe. La reconstrucción dio lugar a una semideclinación de la perspectiva que en ocasiones dolía a la vista, y en otros tantos momentos sólo podía haber sido concebida por un genio. Matices verde opaco había utilizado para repintar todas las vigas, dándole un cariz lóbrego al marrón caoba que el pintor de la calle San Rafael le había recomendado para el resto de las paredes. Otra peculiaridad, los muros y el techo los había pintado del mismo color. Una solución de continuidad abstracta, que ni Dalí hubiese querido imaginar. O tal vez sí. La cuestión es que aquel tercer piso se había remodelado con tan poca gracia y tanta fantasía, que perfectamente podría ser el habitáculo de algún ser de Berenice, del mismo Poe.

Su habitación estaba atestada de libros. Novelas y más novelas apiladas por el suelo, amontonadas en librerías, incluso ocupando parte del armario, obligando a la ropa a posarse sobre aquel piano que ya había recogido demasiado polvo. Su cama no conocía la sensación que deben tener los camastros recién hechos. Ni cuando limpiaba las sábanas merecía la pena ese esfuerzo. Total si lo que más le gustaba era deshacerla, para que andar un camino que iba a desandar horas más tarde. Imitaciones de Renoir, Monet, Van Gogh, Toulusse Lautrec, Bazille y otros desconocidos adquiridos en el barrio del Carmen ascendían por los pilares de la misma, hasta haber colonizado Los nenúfares de Monet la vieja techumbre.

Seguía con la frente apoyada en el cristal tarareando una vieja canción de Frank Sinatra: “Fly me to the moon…” Se imaginaba vestido de traje chaqueta, con su sombrero de copa y una bella dama a la que seducir con el solo movimiento de sus pies. Todo un galán, que vivía con un felino maldito por la dicha de Dios. Bajó la vista para contemplar al félido ronroneante, jugueteando con la tapa de Veinte mil leguas de viaje submarino. Aquel gato siempre destrozaba los libros de Julio Verne. De hecho se había ganado a pulso tal denominación: Gato Verne. Sus amigos reían al ver como el animal al que más odio profesaba, era el único capaz de entender la soledad artificial que en ocasiones desprendía su cuerpo. Se comprendían, intercambiaban miradas furtivas, y cada uno por su lado. Ninguno se fiaba del otro. No estaba el olmo como para dar peras, ni concesiones.

Mira que era feo aquel animal. Lo recogió atropellado en medio de la carretera un día que subía la compra ya hace cinco años. Su vecina del piso de bajo inquiría en que lo cogiese, que le vendría muy bien algo con lo que distraerse. (“Vamos, lo que yo andaba buscando, un bicho putrefacto y maloliente al que salvar la vida”). Se pasó tres semanas cuidando las heridas de G.Verne (sus estudios de Enfermería al fin servían de algo a la sociedad), dándole de comer unas papillas que si hubieran sido para él mismo, no habría tenido la paciencia de preparar; mimando aquel pequeño cuerpo destrozado por las ruedas de algún desalmado, hasta sacarlo a flote. De aquél período nació el poco respeto que GV le tenía. Menos era nada. Pero bien, no quería mucho más. Nada de caricias, ni mucho menos juegos triviales con cascabeles o golosinas que roer. Con que hubiera siempre un libro de Julio Verne en casa era suficiente. Y eso, era tan seguro como que GV nunca haría sus necesidades en la caja de la arena. Marcos fijaba su atención en los hábitos de aquella alimaña, intentando descubrir algún patrón oculto de comportamiento, o un símil con el que trabajar y modificar su estrategia. Después de cinco años, la única conclusión era que el felino disfrutaba amargándole la vida, y que además; se le daba muy bien.

Miró de nuevo al reloj. Sus ojos ni siquiera prestaron atención a la hora que éste marcaba rigurosamente. Se veía el pulso latir en la muñeca, delgada y huesuda. No más que él mismo. (“es el aspecto de estar en continua autodestrucción lo que te hace tan atractivo Marcos”… maldita Claudia). Aunque no pensaba en ella. Esta vez no había una sonrisa femenina con la que atormentarse. Y ello le incomodaba aún más. Su entendimiento se había acostumbrado a ese sufrimiento por el género femenino, y sería un necio hipócrita si no admitiera, que en algunas ocasiones había disfrutado de ese dolor. Sin embargo, todas se habían esfumado. Lentamente, como la bruma matutina sobre un puerto de marineros grises. Clara, Andrea, Lydia, Claudia, Asunción… elegían las de Villadiego por miedo a no soportar perderle. Así de sencillo y cruel. Bien, que injusta es la vida GV. Ya ni se inmutaba cuando hablaba con el gato. Se había fabricado un diálogo interior con aquél yo que le odiaba, y que él mismo cuidaba. Le gustaba pensar que era una terapia para no mezclar todas las ideas hilarantes que podían llegar a surgir, una esquizofrenia personal, íntima y acogedora. Empero esto sólo lo pensaba para él mismo, y ni así terminaba de creerlo. Hipocondría patológica con destellos de grandeza y notoriedad. Vaya definición. Y menudo puñetazo le dio al psicólogo Don Juan de Ostreicht, cuando éste lo formuló. Si quería insultarle, podría haber empleado términos más sencillos, sin haber intentado mantenerlos ocultos bajo ese sino de academicismo. Marcos no era una persona agresiva, pero hay que sumarle a la situación la presencia de Claudia (esposa del mismo psicólogo), y los continuos intentos de Don Juan de ridiculizarle. Meses más tarde un juez dictaminaba que no podía estar a menos de doscientos metros del conde de Ostreicht. Mejor que mejor. A unos metros, la tabla de planchar mantenía el equilibrio cual funambulista cargado de ropa interior y calcetines. La mesa que quedaba a su espalda, iba añadiendo a su colección de facturas por pagar, la intrigante y novedosa de facturas por abrir. Lo suyo no eran precisamente los coleccionables. Había de todos los colores; azules, verdes, rojas y amarillas. Podía llegar a formar el espectro de la luz visible con imaginación y aburrimiento. Andando sobrado de ambos, la papiroflexia factural se estaba convirtiendo en un don que potenciar. Desidia fisiológica, acompañada de una seria hemorragia de ideas improductivas que resbalaban sobre su barba de tres días. Debía hacer por lo menos diez meses que no cogía el portátil con ánimo de escribir. Su teclado permanecía frío, con la pantalla protegiéndole de las vistas al exterior, y los cables desconectados para no nutrirle de tristeza. El último intento de novela, le pareció tan estúpido, que se la publicaron. Un niño que soñaba con encontrar a su madre muerta en la guerra civil española, la inventaba en mujeres que partían hacia Argentina (como en la serie Marco), y todo el relato se desarrollaba en la puerta de embarcos hacia la bella Sudamérica. Linda tierra sin duda. Pujaba con Francia por apoderarse de su corazón. Aquel tango en Buenos Aires te abrazaba con tanta fuerza, que sólo podías entregarte a la música entrelazada con infinitos pasos de salón. Que bonita era Argentina.

Podría sentir nostalgia matizada con remordimientos color violeta, si no fuera tan maravillosa la única que quedaba por nombrar. Natalia. Ese nombre si que dolía dentro. Allí donde a todos nos hacen daño las palabras, gestos o miradas que de verdad importan para la partida. Ningún pintor jamás hubiera podido imaginar un lienzo más bonito, que la sonrisa de aquella pequeña mujer de piel translúcida y cabello negro azabache, envuelta por las sábanas de seda blanca que resaltaban sus labios traviesos entre él y la almohada. Las niñas de porcelana de sus ojos centelleaban pasión virginal con cada suspiro. Los días se confundían con la “polvareda” creada por sus encuentros, y sólo podía añorarla cuando no estaba. Desde su última visita habían pasado casi 2 años, en los que alguna mujer con las entendederas que él buscaba, había adivinado que tendría que luchar por vencer una presencia que no estaba allí dispuesta. Y ya era bastante esfuerzo creer que lo que Marcos hacía podía ser real y atemporal, como para además pensar que lejos de allí había una mirada que lo desnudaba a través de las montañas. Infinidad de pinceladas lila índigo estaban marcadas invisibles sobre su piel, heridas de Natalia que para una dama experimentada no eran difíciles de apreciar. Tal vez esa mujer fue su perdición. Valiente cobarde que se sacude la culpa como un chucho cubierto de pulgas de ignorancia. Y más triste era hacer como que desconocía sus errores. Pero seguía en sus treces de mantener el bastión romántico en la buhardilla de Dalí, y con ello autoinmolarse por el honor de los caballeros vestidos de Treponema del siglo XVIII.

Arrastró la silla sobre las baldosas grises de la salita y se levantó lentamente. Su silueta se recortaba a través de la ventana, triste figura la suya. Apoyó un brazo en el respaldo, y asió la mochila de deporte para salir a dar una vuelta por el cauce del río. Con suerte alguna riada de maleantes le robarían hasta las penas, desnudando su alma; ofreciendo otro crédito que consumir. Avanzó por el pasillo durante 2 segundos (no era precisamente Buckingham Palace) y entró en su habitación, sorteando objetos que ya tenían sus parcelas de suelo alquiladas y arrendadas. Las gafas, el carné de identidad, una figura para ensartar varillas de incienso, y la muchedumbre de páginas que volaban de un lado a otro. Danzaban inquietas, pequeñas hadas que mantenían viva su imaginación, y por las que merecía la pena arrastrarse por todo aquel cuchitril. Con clase, pero cuchitril.

Su cómoda, de mirada anodina; parecía burlarse del tiempo que había pasado desde la última compañía que compartió la noche con sus manos en aquella cama. De la forma en la que los libros ocupaban todos los rincones, alternando revistas de cine, música y ciencia. De las páginas raídas por Verne que salteaban la estancia. La lineal sonrisa de su ausente cómoda, se le antojaba la metáfora más acertada acerca de la tristeza con la que se había acostumbrado a verse reflejado. Tal vez por eso, su espejo estaba incrustado en un gran corcho que tapizaba toda la pared frontal, plagada de postales, cartas, dedicatorias, fotos y recuerdos que junto a las hadas de letras que sobrevolaban la zona, le conseguían arrancar una sonrisa de vez en cuando.

Dejó caer su cuerpo sobre el colchón y maldijo el desorden que reinaba en su vida. Se acababa de golpear con “Vivir para contarla” de García Márquez, que era una de las últimas adquisiciones que le succionaban la conciencia, insinuando otra figura más a la que admirar. Cerró los ojos. Se veía en el paseo marítimo de la Malvarrosa, paseando junto a una mujer de terciopelo, protegiéndola de la brisa de levante para que sus cabellos no se rizaran demasiado por la humedad del mar. Sólo lo suficiente para hacerla más bonita todavía. Y navegando entre aquel vestido de lino blanco, agarró la mano de Morfeo hasta que la noche cayó sobre Valencia, y su famosa luna despuntaba su alba luz en las tinieblas.

Un brillo nacarado le despertó. De nuevo durmiendo a deshoras y sin planearlo. Se incorporó trabajosamente, y al mismo tiempo GV dio un respingo y saltó fuera de la cama hacia la cocina. Se desperezaban gato y amo a la vez, sonriendo sin mirarse; no fuera que alguno de los dos advirtiera un atisbo de complicidad. Verne daba vueltas circulares a la pequeña habitación, donde la nevera, horno y lavavajillas habían trazado tres líneas con tiza en el suelo, delimitando sus territorios como si de mejores amigos en horas bajas se tratara. El félido saltó al banco de la cocina, y esperó paciente su turno. Marcos abrió la nevera y extrajo un bote con comida para gatos que mecánicamente se introdujo en el microondas que tenía tras de sí, con un movimiento tan repetido en el tiempo, que la energía utilizada en esa acción era mínima, con un límite que tendía a cero. El sonido del electrodoméstico llenó sus oídos, junto al olor de albóndigas de ternera que aquel lector de cuentos fantásticos relamía en sus ojos. Mientras tanto, sacó una pizza del congelador, drásticamente puesta en cola de espera, mientras los dos comensales esperaban resignados el fin del rito trivial que todas las noches les ocupaba. “¡Clic!”, sonó el turno, “por favor señora Margarita pase por la consulta uno”. Agarró con cuidado el plato que ardía bajo la manopla de tela que trajo de su estancia en Notting Hill, y Margarita entraba para el exámen médico correspondiente. A esas alturas incluso le agradaba el regusto que aquella comida para gatos le daba a sus platos, y en las ocasiones en las que el menú variaba, las echaba un poco de menos. Verne se lamía las patas delanteras, saboreando el aroma que desprendía el plato caliente que descansaba a menos de un metro. Distancia respetada porque su cena estaba compuesta por piroclastos llameantes, que hasta dentro de unos minutos tendrían la capacidad de abrasar todo lo que encontraran a su paso. El muchacho había urdido la estratagema de poner unos minutos de más la comida de su acompañante, y así disuadirle de empezar la cena antes que el anfitrión. Tan sólo es una batalla, pero firmada con el sabor de La Victoria. Cogió el plato de la pizza cuando terminó de cocinarse, y con las dos cenas marchó al salón seguido de cerca por Verne. Al llegar, apartó distraídamente toda la correspondencia que descansaba sobre la mesa, y colocó bajo las patas de una de las sillas cercanas, el comedero del animal. Frente a él estaba la ventana de las cortinas color crema que le había regalado su abuela antaño. No mediría más de un metro de alto por medio de ancho, y se cerraba con una lengüeta diseñada por Hisopo o algún contemporáneo suyo. A la derecha de la abertura al exterior, había una gran estantería plagada de libros olvidados. Allí catalogaba todos los volúmenes que ya estaban releídos, y que no creía volver a abrir jamás. Una frugal iluminación color perla le daba al lugar un ambiente muy acogedor, tan sólo roto por todas esas cartas amontonadas, y por las tapas de GV esparcidas por el suelo. Un sofá gigantesco se apoyaba sobre la pared contigua a la de la librería, donde Marcos se pasaba horas y horas leyendo, durmiendo, y tiempo atrás, seduciendo. Dos cuadros de Monet (imitaciones) pendían sobre el gran sofá, ambos de la estancia del impresionista en Honfleur, un pueblo que amaba casi tanto como el mismo pintor. Ya detrás, y junto a la puerta de la sala, había un equipo de música plagado de accesorios, incompetentes serenos ante los golpes de escoba de los vecinos. En estos momentos sonaba La bohéme de Puccini, y el muchacho balanceaba la cabeza siguiendo las oscilaciones de la melodía. El último objeto que llamaba poderosamente la atención, justo enfrente de la mesa, y a la derecha de la ventana, era el televisor con el bate de béisbol incrustado en la pantalla. Y poco más que otro salón no tuviese.

Verne ya había terminado y le miraba inquisidor, esperando algún descuido de su amo para ofrecer ración doble a sus fauces. Maullaba. Marcos odiaba el sonido de sus maullidos. GV no tenía las cuerdas vocales en condiciones, ya que el accidente de tráfico le había seccionado parte de la faringe, y como si de un cirujano-barbero se tratara, había tenido que reconstruírsela esperando que la naturaleza arreglara el resto. Pero los sonidos que de tanto en tanto exhalaba, no eran del todo decorosos. Gemidos rasgados, cargados de sufrimiento y rabia eran la mejor arma para suscitar pena en cualquier individuo con un mínimo de sensibilidad. A su dueño le terminaban por molestar, no tanto por lo desagradable del sonido, sino por la extraña sensación que destilaban los ojos del felino, conocedores de su capacidad para generar lástima en los demás. Así que el último trozo de pizza fue a parar a su comedero y todos contentos. Verne más que él, pero bien, que remedio.

Arrastrando un pie cansino que remolcaba la otra pierna, consiguió llegar a la cocina para dejar los platos sucios en el lavavajillas. Se limpió presuroso las manos, y salió al vestíbulo (pequeña entrada de un metro cuadrado) donde cogió bufanda y chaqueta dispuesto a dar un tranquilizador paseo. No era el mejor barrio para las apacibles rondadas nocturnas, mas él conocía las sendas correctas que llevaban al lugar marcado con un aspa roja, en aquel mapa del tesoro llamado Valencia. Sentía una profunda complicidad con su ciudad, desconocida para tantos y tantos turistas que la recorrían sin pararse a disfrutar la magia de sus calles estrechas y rincones tildados por el mar.

Verne saltó a la escalera y en un abrir y cerrar de ojos ya se había perdido en aquella cremallera de escalones. Cerró de un fuerte golpe la puerta, se aseguró las llaves en el bolsillo y se enfundó gorro y guantes (que habían sido robados de la entrada de soslayo, conocedor de que siempre haría más frío del que él sentía), y bajó distraído escuchando los maullidos lejanos del pequeño animal.

La luz de la calle bajaba el blanco perla al nivel de ocre. Contrastaba con el rosa pálido de la fachada de aquellos bloques de edificios, brindando miles de coloraciones pastel al paseante experto. La acera marcada por demasiados pies era un vestigio más de la posguerra que todavía respetaba la gente. Aunque simplemente fuera por el hecho de encontrarse bajo sus pies, donde los valencianos raramente miran (se dice de ellos que el orgullo les impide mirar unos centímetros por debajo del hombro… y todo esto para contemplar las clavículas azahar de las mujeres de esta tierra por supuesto). Su tío Eugenio siempre le sonreía con el rabillo del ojo cuando decía: “nuestra gente no es mejor ni peor que en otra ciudad Marcos, pero somos más guapos”. (no podía dejar de reír cuando recordaba los estúpidos dichos, que siempre esperaba rimasen en boca de aquel nacionalista medio senil). Gris bajo sus maltrechas suelas, el pavimento le concedió su beneplácito y Marcos partió tranquilo hacia el mar.

GV quedó en el camino galanteando con una fina gatita persa que le traía por el camino de la amargura. Más de una mañana había vuelto con una oreja mordida, o con peores marcas de colmillos por el cuerpo. Otra ocupación no elegida por el muchacho era asistir personalmente a todos los amoríos del felino. Cosido cual Frankestein, seguramente mostrara orgulloso todas sus cicatrices para impresionar a las demás gatas del barrio. Así le iba. Dejó a los dos animales alumbrados bajo una triste farola oscura, y giró el recodo de la calle Río Tajo, atravesando rápidamente unas cuantas bocacalles más que le empujaron al paseo marítimo cómplices de su búsqueda. Marcos aprendiz de poeta, ya se fabricaba receloso sus propios dichos, como el que se repetía pausadamente cuando se encontraba a solas con sus pensamientos. “Si buscas algo lindo, mira hacia el mar, las montañas… o entra en una librería”. Esa noche le tocaba a las olas empujar la brisa fresca hacia sus ojos quemados. Un manto de estrellas cubría la bóveda celeste, tapizando la bohemia buhardilla del cielo valenciano. Conocía muchas constelaciones, y en soledad (o acompañado) disfrutaba dibujando cualquier cosa con la ayuda de su dedo y las estrellas. Allí, en la entrada de la playa se encontraban sus realidades. Una penosa y marchita, paupérrima de ilusión, y con menos productividad que un pirómano metido a guardia forestal. La otra, feliz con el solo hecho de poder balancear las piernas en un murete del paseo marítimo. Y así transcurría su vida. Distinta, pero banal al fin y al cabo. Carente del aliciente novelesco de sus antiguas historias. Hasta esa noche. Todo se había dispuesto para terminar con sus pasos en el fondo de su amado horizonte azul. Y en pocos minutos se cumpliría lo anunciado.

2 comentarios:

rodrigo dijo...

Joder doc, ya me sorprendía cada vez que leía algún relato "rol" de vendetta pero esto es superior. La verdad es que me ha encantado ese aire modernista con un "algo" francés que le das al escrito y espero que te animes y sigas subiendo de vez en cuando lo que escribas.
Creo que me pediste alguna crítica constructiva pero no me siento capaz de criticar casi nada.
A ver si encuentro un rato y leo el resto.
Saludos.

PD: espero que lo hayas registrado no vaya a ser que te lo "roben" y te jodan xD.

Shikarax dijo...

jajajaja gracias hombre... está registrao está registrao ;)........esta obra lleva 9 capítulos de unos 20 previstos escritos..... si kieres a partir del tercero te los paso personalmente ;)