miércoles, 14 de noviembre de 2007
Anuncio Historia Servidor 11
Cuando reúna un poco más de información la iré colgando, mientras tanto continúo con el server 5
Un saludo
Hst sv 5, relato n8
Capítulo 8: Fecha de caducidad
Wo miraba atentamente el reloj de pared que había heredado tras la muerte de su padre. Las horas pasaban muy despacio últimamente. Llevaba dos días intranquilo, esperando que se presentara de nuevo la pieza clave en su guerra contra la amenaza androide. Indhata se paseaba por el salón jugueteando con una beretta. Habrían deseado ser ellos quienes hiciesen esperar. Todo se volvía muy complicado cuando no sabías como actuar. El péndulo oscilaba con la mirada rasgada del oriental. Se estaba retrasando.
Unas calles más al oeste, una agrupación de mafiosos venidos de muy lejos terminaba de establecer la asociación entre Crack y Shinigamis. Sus locales respondían al objeto de panadería y carnicería, y sus trastiendas al de sala de tortura. Con apariencia afable, la cabeza visible de aquella organización disfrutaba con el respeto que le profesaban sus semejantes. Se paseaba orgulloso entre los Boulevard vecinos, comentando las frases justas a las personas indicadas, para correr la voz de lo que allí estaba naciendo. No tenía demasiadas esperanzas en que aquello fuera a resultar, y por eso mismo, el tiempo era un bien muy preciado que administrar. Debía aprovechar la efervescencia de la situación, para reclutar a todo infeliz en busca de futuro. Usar el último aliento de aquellos viejos mafiosos que le habían acompañado desde Sicilia, para nutrirse de sus enseñanzas y guardar un poco de cada uno en su interior. Se había hecho con un buen pedazo del poder huérfano que quedaba en five city, mas para él, era una suma insignificante ante lo que esperaba conseguir. Todas sus cábalas giraban en torno al único impedimento que crecía en el Este. La causa de sus pesadillas, y por ende, de las de toda la ciudad. Por ello, había movilizado a toda fuerza emergente con un mínimo de honor y lealtad, para acotar lo máximo posible el alcance de la nube envenenada. Ciertamente las cosas se estaban complicando en los últimos días. A pesar de la aparente majestuosidad de su recién creado imperio, la inactividad y el desánimo de los únicos miembros capaces le hacía sospechar una pronta retirada. Tenía que planear algo más allá de la inminente guerra si quería alzarse como dominador de aquellas calles. Y en ese plan entraban de lleno los orientales.
Un viejo envuelto en joyas llamó a la puerta de la mansión roja envalentonado. Iba escoltado de dos hombres de apariencia sudamericana, que daban rápidos vistazos a ambos lados de la calle, como si les hubieses puesto sobre aviso de que algo se estaba cerniendo sobre ellos. Nadie contestaba. Volvió a golpear el pomo, y un alarido sonó como respuesta. A los pocos segundos, un hombre empapado en sangre abrió la puerta enfurecido.
- ¿¡Qué quieres insignificante humano!? ¿Acaso no sabes que venir aquí por tu cuenta es sinónimo de muerte? – Mané descargaba su ira contra su visitante. Un enfado propiciado al interrumpirle el almuerzo simplemente.
- Vengo representando al Sindicato del Crimen. Me hago llamar El Padrino. – su gesto parecía no querer (o no poder) comprender la gravedad de la situación.
- ¿Crees que me importa? – un portazo fue suficiente estímulo para hacerles abandonar por aquella vez. Los tres hombres se miraron un poco confusos, sin saber muy bien a quién habían confiado sus armas en el campo de batalla.
Ojos verdes capítulo 1
-1-
La ventana recortada en sollozos color crema de su vieja cortina, muestra el tenue reflejo del muchacho. Sus ojos verdes escudriñan la calle más abajo, en busca de alguna situación infame que le permitiera distraerse unos minutos más. Un suspiro de trivialidad que anestesie el dolor sin fondo de su gesto. Su mente huye de nuevo de la realidad. No es una huida trágica de esas que recuerda haber visto en películas, con un héroe resbalando por una empinada ladera, sorteando troncos y vegetación, apartando ágilmente los obstáculos del camino para que no pierda un ápice de espectacularidad tal situación. La suya es una huida penosa. Tropieza con todo lo que le rodea hasta acabar envuelto en un fardo de mediocridad que lo engulle lascivamente. Esa triste mediocridad de la que huía se lo traga. Se ve sólo en un diván, disfrutando de la compañía de un gato moruno, que le odia más; que él al mundo. Y no es poco.
Contempla el devenir del tiempo sin mayor aspiración que esperar el rugir del estómago, la llamada del inodoro, alguna factura retrasada por pagar martilleando su buzón, o quien sabe infinidad de maravillosas sorpresas que inundan los días del vulgo. Siempre le gustó considerarse especial. Pensaba estar hecho de una pasta mágica, mezcla de romanticismo y genialidad, vestido con sus mejores galas de ingenio. Nada de eso. Su reloj disfrutaba arrastrando las manecillas a través de la esfera del mismo. Lo miró de nuevo. Debía ser la decimonovena vez que comprobaba que las horas no habían decidido pasar tan rápido como los segundos. Malditas horas. Recuerda aquél tiempo en que le gustaba que fueran interminables, que absorbieran el cauce de la realidad haciéndole permanecer anclado a sensaciones de las que uno gusta abrazar. Odiaba los verbos conjugados en pasado. Ya hacía un tiempo que había tomado la determinación de no utilizarlos. No era tampoco nada difícil, cuando no tenía con quién, mas una determinación siempre es agradable de afrontar, y aquella era firme e implacable. Olvida el pasado. No sabía ni hacia donde ir, ni cómo lo tenía que hacer. Así que se limitaba a ver transcurrir los acontecimientos. Adueñado de la seguridad de hacer lo correcto, su cuerpo intentaba sobrevivir a base de comida precocinada, limosnas de los vecinos y vagos intentos de desarrollar algún mecanismo de nutrición autótrofa.
A sus 28 años todo era distinto a como imaginó. De hecho jamás imaginaba. Se convencía de las cosas. Decía estar seguro de todo lo que iba a acontecer, y con ello realmente empuñaba un arma fortísima y difícil de abatir. “Su hijo tiene una mente excepcional señora, no lo olvide y sepa encauzarla hacia algo productivo para la sociedad”. Malditos psicólogos. Les odiaba sobremanera. Bueno a todos no. A Claudia la recordaba empapada en sudor, con sus turgentes senos bajo sus labios, y su pasión enfrentada por la “dura” lógica que él poseía. A los demás sí. Mequetrefes amargados que idolatran mentes “especiales”, por unos cuantos tests hechos de cartón piedra, que un mono con suerte y una varita de cristal podría resolver a la perfección. “Su retoño es un privilegiado. No sabe la suerte que tiene al poseer ese don”. ¿Don? ¿Privilegio? Unas carcajadas malditas nacían de su interior (Juas Juas Juas!!!), asemejando los malvados personajes de dibujos animados que quedan tan lejanos en su recuerdo. Capacidad para desbordarse a sí mismo por exceso de pensamiento. Buena definición. De hecho, cojonuda. Nunca le había gustado dar vueltas a algo que ya de por sí estaba más revuelto que las tortillas que jamás consiguió hacer a derechas. Siempre se terminan quemando. Esas ideas siempre te terminan quemando. Su capacidad renacía con su estado de ánimo. Triste figura la suya que consumía creatividad bajo la pena de la soledad. Admiraba todos aquellos artistas que la sabían canalizar hacia algo maravilloso y admirable. Ese tipo de personas tenían la fuerza suficiente para enjaular la tristeza exacerbada por aquel “Don”, y crear figuras pictóricas que desafían todo lo establecido, anudando lágrimas en los ojos de los sensibles, e incomprensión (pero respeto) entre los infelices de mente plana. Él nunca supo como avanzar por ese sendero. No le apetecía el esfuerzo extra que tenía que sumarle para quizás, con mucha suerte; acercarse a esos genios a los que amaba.
Mas el destino le reservaba una linealidad enfermiza que se mezclaba con los gritos de la histérica del tercero y Pepe el frutero. En un ático de
Su habitación estaba atestada de libros. Novelas y más novelas apiladas por el suelo, amontonadas en librerías, incluso ocupando parte del armario, obligando a la ropa a posarse sobre aquel piano que ya había recogido demasiado polvo. Su cama no conocía la sensación que deben tener los camastros recién hechos. Ni cuando limpiaba las sábanas merecía la pena ese esfuerzo. Total si lo que más le gustaba era deshacerla, para que andar un camino que iba a desandar horas más tarde. Imitaciones de Renoir, Monet, Van Gogh, Toulusse Lautrec, Bazille y otros desconocidos adquiridos en el barrio del Carmen ascendían por los pilares de la misma, hasta haber colonizado Los nenúfares de Monet la vieja techumbre.
Seguía con la frente apoyada en el cristal tarareando una vieja canción de Frank Sinatra: “Fly me to the moon…” Se imaginaba vestido de traje chaqueta, con su sombrero de copa y una bella dama a la que seducir con el solo movimiento de sus pies. Todo un galán, que vivía con un felino maldito por la dicha de Dios. Bajó la vista para contemplar al félido ronroneante, jugueteando con la tapa de Veinte mil leguas de viaje submarino. Aquel gato siempre destrozaba los libros de Julio Verne. De hecho se había ganado a pulso tal denominación: Gato Verne. Sus amigos reían al ver como el animal al que más odio profesaba, era el único capaz de entender la soledad artificial que en ocasiones desprendía su cuerpo. Se comprendían, intercambiaban miradas furtivas, y cada uno por su lado. Ninguno se fiaba del otro. No estaba el olmo como para dar peras, ni concesiones.
Mira que era feo aquel animal. Lo recogió atropellado en medio de la carretera un día que subía la compra ya hace cinco años. Su vecina del piso de bajo inquiría en que lo cogiese, que le vendría muy bien algo con lo que distraerse. (“Vamos, lo que yo andaba buscando, un bicho putrefacto y maloliente al que salvar la vida”). Se pasó tres semanas cuidando las heridas de G.Verne (sus estudios de Enfermería al fin servían de algo a la sociedad), dándole de comer unas papillas que si hubieran sido para él mismo, no habría tenido la paciencia de preparar; mimando aquel pequeño cuerpo destrozado por las ruedas de algún desalmado, hasta sacarlo a flote. De aquél período nació el poco respeto que GV le tenía. Menos era nada. Pero bien, no quería mucho más. Nada de caricias, ni mucho menos juegos triviales con cascabeles o golosinas que roer. Con que hubiera siempre un libro de Julio Verne en casa era suficiente. Y eso, era tan seguro como que GV nunca haría sus necesidades en la caja de la arena. Marcos fijaba su atención en los hábitos de aquella alimaña, intentando descubrir algún patrón oculto de comportamiento, o un símil con el que trabajar y modificar su estrategia. Después de cinco años, la única conclusión era que el felino disfrutaba amargándole la vida, y que además; se le daba muy bien.
Miró de nuevo al reloj. Sus ojos ni siquiera prestaron atención a la hora que éste marcaba rigurosamente. Se veía el pulso latir en la muñeca, delgada y huesuda. No más que él mismo. (“es el aspecto de estar en continua autodestrucción lo que te hace tan atractivo Marcos”… maldita Claudia). Aunque no pensaba en ella. Esta vez no había una sonrisa femenina con la que atormentarse. Y ello le incomodaba aún más. Su entendimiento se había acostumbrado a ese sufrimiento por el género femenino, y sería un necio hipócrita si no admitiera, que en algunas ocasiones había disfrutado de ese dolor. Sin embargo, todas se habían esfumado. Lentamente, como la bruma matutina sobre un puerto de marineros grises. Clara, Andrea, Lydia, Claudia, Asunción… elegían las de Villadiego por miedo a no soportar perderle. Así de sencillo y cruel. Bien, que injusta es la vida GV. Ya ni se inmutaba cuando hablaba con el gato. Se había fabricado un diálogo interior con aquél yo que le odiaba, y que él mismo cuidaba. Le gustaba pensar que era una terapia para no mezclar todas las ideas hilarantes que podían llegar a surgir, una esquizofrenia personal, íntima y acogedora. Empero esto sólo lo pensaba para él mismo, y ni así terminaba de creerlo. Hipocondría patológica con destellos de grandeza y notoriedad. Vaya definición. Y menudo puñetazo le dio al psicólogo Don Juan de Ostreicht, cuando éste lo formuló. Si quería insultarle, podría haber empleado términos más sencillos, sin haber intentado mantenerlos ocultos bajo ese sino de academicismo. Marcos no era una persona agresiva, pero hay que sumarle a la situación la presencia de Claudia (esposa del mismo psicólogo), y los continuos intentos de Don Juan de ridiculizarle. Meses más tarde un juez dictaminaba que no podía estar a menos de doscientos metros del conde de Ostreicht. Mejor que mejor. A unos metros, la tabla de planchar mantenía el equilibrio cual funambulista cargado de ropa interior y calcetines. La mesa que quedaba a su espalda, iba añadiendo a su colección de facturas por pagar, la intrigante y novedosa de facturas por abrir. Lo suyo no eran precisamente los coleccionables. Había de todos los colores; azules, verdes, rojas y amarillas. Podía llegar a formar el espectro de la luz visible con imaginación y aburrimiento. Andando sobrado de ambos, la papiroflexia factural se estaba convirtiendo en un don que potenciar. Desidia fisiológica, acompañada de una seria hemorragia de ideas improductivas que resbalaban sobre su barba de tres días. Debía hacer por lo menos diez meses que no cogía el portátil con ánimo de escribir. Su teclado permanecía frío, con la pantalla protegiéndole de las vistas al exterior, y los cables desconectados para no nutrirle de tristeza. El último intento de novela, le pareció tan estúpido, que se la publicaron. Un niño que soñaba con encontrar a su madre muerta en la guerra civil española, la inventaba en mujeres que partían hacia Argentina (como en la serie Marco), y todo el relato se desarrollaba en la puerta de embarcos hacia la bella Sudamérica. Linda tierra sin duda. Pujaba con Francia por apoderarse de su corazón. Aquel tango en Buenos Aires te abrazaba con tanta fuerza, que sólo podías entregarte a la música entrelazada con infinitos pasos de salón. Que bonita era Argentina.
Podría sentir nostalgia matizada con remordimientos color violeta, si no fuera tan maravillosa la única que quedaba por nombrar. Natalia. Ese nombre si que dolía dentro. Allí donde a todos nos hacen daño las palabras, gestos o miradas que de verdad importan para la partida. Ningún pintor jamás hubiera podido imaginar un lienzo más bonito, que la sonrisa de aquella pequeña mujer de piel translúcida y cabello negro azabache, envuelta por las sábanas de seda blanca que resaltaban sus labios traviesos entre él y la almohada. Las niñas de porcelana de sus ojos centelleaban pasión virginal con cada suspiro. Los días se confundían con la “polvareda” creada por sus encuentros, y sólo podía añorarla cuando no estaba. Desde su última visita habían pasado casi 2 años, en los que alguna mujer con las entendederas que él buscaba, había adivinado que tendría que luchar por vencer una presencia que no estaba allí dispuesta. Y ya era bastante esfuerzo creer que lo que Marcos hacía podía ser real y atemporal, como para además pensar que lejos de allí había una mirada que lo desnudaba a través de las montañas. Infinidad de pinceladas lila índigo estaban marcadas invisibles sobre su piel, heridas de Natalia que para una dama experimentada no eran difíciles de apreciar. Tal vez esa mujer fue su perdición. Valiente cobarde que se sacude la culpa como un chucho cubierto de pulgas de ignorancia. Y más triste era hacer como que desconocía sus errores. Pero seguía en sus treces de mantener el bastión romántico en la buhardilla de Dalí, y con ello autoinmolarse por el honor de los caballeros vestidos de Treponema del siglo XVIII.
Arrastró la silla sobre las baldosas grises de la salita y se levantó lentamente. Su silueta se recortaba a través de la ventana, triste figura la suya. Apoyó un brazo en el respaldo, y asió la mochila de deporte para salir a dar una vuelta por el cauce del río. Con suerte alguna riada de maleantes le robarían hasta las penas, desnudando su alma; ofreciendo otro crédito que consumir. Avanzó por el pasillo durante 2 segundos (no era precisamente Buckingham Palace) y entró en su habitación, sorteando objetos que ya tenían sus parcelas de suelo alquiladas y arrendadas. Las gafas, el carné de identidad, una figura para ensartar varillas de incienso, y la muchedumbre de páginas que volaban de un lado a otro. Danzaban inquietas, pequeñas hadas que mantenían viva su imaginación, y por las que merecía la pena arrastrarse por todo aquel cuchitril. Con clase, pero cuchitril.
Su cómoda, de mirada anodina; parecía burlarse del tiempo que había pasado desde la última compañía que compartió la noche con sus manos en aquella cama. De la forma en la que los libros ocupaban todos los rincones, alternando revistas de cine, música y ciencia. De las páginas raídas por Verne que salteaban la estancia. La lineal sonrisa de su ausente cómoda, se le antojaba la metáfora más acertada acerca de la tristeza con la que se había acostumbrado a verse reflejado. Tal vez por eso, su espejo estaba incrustado en un gran corcho que tapizaba toda la pared frontal, plagada de postales, cartas, dedicatorias, fotos y recuerdos que junto a las hadas de letras que sobrevolaban la zona, le conseguían arrancar una sonrisa de vez en cuando.
Dejó caer su cuerpo sobre el colchón y maldijo el desorden que reinaba en su vida. Se acababa de golpear con “Vivir para contarla” de García Márquez, que era una de las últimas adquisiciones que le succionaban la conciencia, insinuando otra figura más a la que admirar. Cerró los ojos. Se veía en el paseo marítimo de
Un brillo nacarado le despertó. De nuevo durmiendo a deshoras y sin planearlo. Se incorporó trabajosamente, y al mismo tiempo GV dio un respingo y saltó fuera de la cama hacia la cocina. Se desperezaban gato y amo a la vez, sonriendo sin mirarse; no fuera que alguno de los dos advirtiera un atisbo de complicidad. Verne daba vueltas circulares a la pequeña habitación, donde la nevera, horno y lavavajillas habían trazado tres líneas con tiza en el suelo, delimitando sus territorios como si de mejores amigos en horas bajas se tratara. El félido saltó al banco de la cocina, y esperó paciente su turno. Marcos abrió la nevera y extrajo un bote con comida para gatos que mecánicamente se introdujo en el microondas que tenía tras de sí, con un movimiento tan repetido en el tiempo, que la energía utilizada en esa acción era mínima, con un límite que tendía a cero. El sonido del electrodoméstico llenó sus oídos, junto al olor de albóndigas de ternera que aquel lector de cuentos fantásticos relamía en sus ojos. Mientras tanto, sacó una pizza del congelador, drásticamente puesta en cola de espera, mientras los dos comensales esperaban resignados el fin del rito trivial que todas las noches les ocupaba. “¡Clic!”, sonó el turno, “por favor señora Margarita pase por la consulta uno”. Agarró con cuidado el plato que ardía bajo la manopla de tela que trajo de su estancia en Notting Hill, y Margarita entraba para el exámen médico correspondiente. A esas alturas incluso le agradaba el regusto que aquella comida para gatos le daba a sus platos, y en las ocasiones en las que el menú variaba, las echaba un poco de menos. Verne se lamía las patas delanteras, saboreando el aroma que desprendía el plato caliente que descansaba a menos de un metro. Distancia respetada porque su cena estaba compuesta por piroclastos llameantes, que hasta dentro de unos minutos tendrían la capacidad de abrasar todo lo que encontraran a su paso. El muchacho había urdido la estratagema de poner unos minutos de más la comida de su acompañante, y así disuadirle de empezar la cena antes que el anfitrión. Tan sólo es una batalla, pero firmada con el sabor de
Verne ya había terminado y le miraba inquisidor, esperando algún descuido de su amo para ofrecer ración doble a sus fauces. Maullaba. Marcos odiaba el sonido de sus maullidos. GV no tenía las cuerdas vocales en condiciones, ya que el accidente de tráfico le había seccionado parte de la faringe, y como si de un cirujano-barbero se tratara, había tenido que reconstruírsela esperando que la naturaleza arreglara el resto. Pero los sonidos que de tanto en tanto exhalaba, no eran del todo decorosos. Gemidos rasgados, cargados de sufrimiento y rabia eran la mejor arma para suscitar pena en cualquier individuo con un mínimo de sensibilidad. A su dueño le terminaban por molestar, no tanto por lo desagradable del sonido, sino por la extraña sensación que destilaban los ojos del felino, conocedores de su capacidad para generar lástima en los demás. Así que el último trozo de pizza fue a parar a su comedero y todos contentos. Verne más que él, pero bien, que remedio.
Arrastrando un pie cansino que remolcaba la otra pierna, consiguió llegar a la cocina para dejar los platos sucios en el lavavajillas. Se limpió presuroso las manos, y salió al vestíbulo (pequeña entrada de un metro cuadrado) donde cogió bufanda y chaqueta dispuesto a dar un tranquilizador paseo. No era el mejor barrio para las apacibles rondadas nocturnas, mas él conocía las sendas correctas que llevaban al lugar marcado con un aspa roja, en aquel mapa del tesoro llamado Valencia. Sentía una profunda complicidad con su ciudad, desconocida para tantos y tantos turistas que la recorrían sin pararse a disfrutar la magia de sus calles estrechas y rincones tildados por el mar.
Verne saltó a la escalera y en un abrir y cerrar de ojos ya se había perdido en aquella cremallera de escalones. Cerró de un fuerte golpe la puerta, se aseguró las llaves en el bolsillo y se enfundó gorro y guantes (que habían sido robados de la entrada de soslayo, conocedor de que siempre haría más frío del que él sentía), y bajó distraído escuchando los maullidos lejanos del pequeño animal.
La luz de la calle bajaba el blanco perla al nivel de ocre. Contrastaba con el rosa pálido de la fachada de aquellos bloques de edificios, brindando miles de coloraciones pastel al paseante experto. La acera marcada por demasiados pies era un vestigio más de la posguerra que todavía respetaba la gente. Aunque simplemente fuera por el hecho de encontrarse bajo sus pies, donde los valencianos raramente miran (se dice de ellos que el orgullo les impide mirar unos centímetros por debajo del hombro… y todo esto para contemplar las clavículas azahar de las mujeres de esta tierra por supuesto). Su tío Eugenio siempre le sonreía con el rabillo del ojo cuando decía: “nuestra gente no es mejor ni peor que en otra ciudad Marcos, pero somos más guapos”. (no podía dejar de reír cuando recordaba los estúpidos dichos, que siempre esperaba rimasen en boca de aquel nacionalista medio senil). Gris bajo sus maltrechas suelas, el pavimento le concedió su beneplácito y Marcos partió tranquilo hacia el mar.
GV quedó en el camino galanteando con una fina gatita persa que le traía por el camino de la amargura. Más de una mañana había vuelto con una oreja mordida, o con peores marcas de colmillos por el cuerpo. Otra ocupación no elegida por el muchacho era asistir personalmente a todos los amoríos del felino. Cosido cual Frankestein, seguramente mostrara orgulloso todas sus cicatrices para impresionar a las demás gatas del barrio. Así le iba. Dejó a los dos animales alumbrados bajo una triste farola oscura, y giró el recodo de la calle Río Tajo, atravesando rápidamente unas cuantas bocacalles más que le empujaron al paseo marítimo cómplices de su búsqueda. Marcos aprendiz de poeta, ya se fabricaba receloso sus propios dichos, como el que se repetía pausadamente cuando se encontraba a solas con sus pensamientos. “Si buscas algo lindo, mira hacia el mar, las montañas… o entra en una librería”. Esa noche le tocaba a las olas empujar la brisa fresca hacia sus ojos quemados. Un manto de estrellas cubría la bóveda celeste, tapizando la bohemia buhardilla del cielo valenciano. Conocía muchas constelaciones, y en soledad (o acompañado) disfrutaba dibujando cualquier cosa con la ayuda de su dedo y las estrellas. Allí, en la entrada de la playa se encontraban sus realidades. Una penosa y marchita, paupérrima de ilusión, y con menos productividad que un pirómano metido a guardia forestal. La otra, feliz con el solo hecho de poder balancear las piernas en un murete del paseo marítimo. Y así transcurría su vida. Distinta, pero banal al fin y al cabo. Carente del aliciente novelesco de sus antiguas historias. Hasta esa noche. Todo se había dispuesto para terminar con sus pasos en el fondo de su amado horizonte azul. Y en pocos minutos se cumpliría lo anunciado.
Hst Artistas del Bisturí, ABRI vs GHOST: El regreso de los ninjas
Algo cambio a sotavento, indicándole la posición de un personaje distinto, que no esperaba ver tan pronto. Un largo bastón se apoyaba en su nuca, acariciando ladinamente su bulbo raquídeo. Un solo movimiento sería fatal. Mas el anciano nunca perdía la calma, no en aquella tesitura.
- Me alegro de veros chicos. – una sonrisa asomaba de su labio partido.
- Estás lento, muy lento Auron. – Braso se ajustaba los anteojos al tiempo que retiraba su arma del cuello del doctor.
- No me queda mucho aquí amigo. He de administrar el ánimo con suma cautela. – Se giraba y hacía una ligera reverencia con la espada, un gesto que había aprendido de sus antepasados, y que más que estrechar lazos, ponía sobre aviso a su acompañante de que aquella hoja tanto podía luchar a su lado como traspasarlo – Además, ya no soy Auron. Aquella época pasó. No tengo ni la mitad del espíritu que hacía brillar Ragnarok bajo la luz de la luna. Ahora soy un no muerto, llámame Skellington.-
- Lo que tu digas – una katana sedujo al viento para que la transportase en silencio
hasta su frente.-- ¿Siempre tenéis que darme este recibimiento verdad? – reía casi por compromiso, no era cómodo encontrarse entre aquellos dos ninjas olvidados.
- No ha sido un viaje fácil llegar hasta aquí viejo. Onimaru necesita vengar muchas palabras. Demasiadas como para permanecer en
silencio. – Rokurota envainaba la hoja ancestral y mantenía la mirada fija en su capo.- Dicen que soy Inmortal, y han venido de las profundidades ha llevarme con el Oogie-Boogie amigos. Creo que nos vamos a divertir. – ahora sí reía gustoso.
- Yo no tengo nada que reír. La única sonrisa la marcará mi espada en sus cuerpos. Ya he soportado suficientes golpes mientras no podía moverme. No pienso dejar respirar a ninguno de mis enemigos. El aire es un bien demasiado preciado como para concederlo, y no está en mi agenda nada que no sea vengar a mis camaradas. – era la ocasión en la que más palabras le habían escuchado decir a Rokurota. Braso y Doc se miraban perplejos ante la tensión del ninja. – Pierdo el tiempo con vosotros dos. Traeré cadáveres amigo, para que te los lleves a tu inframundo. – Txerra bajó levemente la cabeza y siguió su camino sin intercambiar un gesto más.
Braso luchaba por dominar un tic nervioso mientras jugueteaba con el bastón. Su piel quemada apenas dejaba ver que se le pasaba por la mente a su compañero. Pero conociéndole tan bien como lo hacía Doc, nada bueno.
- Así que habéis vuelto.- el anciano daba la espalda confiado. Acto seguido desenvainó Ragnarok siguiendo el eje de su cuerpo y poniéndola paralela a su espalda para frenar el golpe de bastón que le propinaban.
- Sólo quería comprobar que no pensabas en dejarte morir. – Braso se esfumó tan rápido como había aparecido y dejó una sensación agridulce en el maltratado recuerdo del doctor.
Quedaba poco para bajar a los infiernos, e iba a echar de menos a aquellos malditos locos.
Hst Artistas del bisturí, ABRI vs GHOST: Presentación
Aquel escenario era tan bueno como cualquier otro para ajustar las siguientes jornadas de su particular guerra. Unas calles torcidas. Unas ventanas de vidrio deslustrado por la pena de quienes miraban a través de ellas. Y una luz anodina tintineante en lo alto de la farola favorita de “The Ripper”. Bajo aquel foco aparecieron tres nuevas sombras. Se habían encontrado por casualidad, y lo detestaban. Pero dado que el destino era el mismo, habían sugerido divertirse un poco antes de llegar al concilio. Con las ropas rasgadas llegaban BoNe, Bandutti y Poscrito. El primero divertía a los otros dos con la meticulosidad de sus movimientos en combate. Todos perros viejos insultando a la juventud de su espíritu. Poscrito torcía la boina que le cubría una fea cicatriz dibujada al recibir una y otra vez el mismo golpe… Y eso le gustaba. Clamaba venganza, y sabía que éste era el lugar adecuado para llevarla a cabo. Bandutti miraba con asombrados ojos al elenco de fieles guerreros que tenía a su alrededor.
- ¿Empezamos ya? – Una voz partida salió de la izquierda del Doctor. Allí, perdido; Lex masticaba un cigarrillo al tiempo que comprobaba que la hoja de sus puñales estuviera bien afilada. La empuñadura representaba dos dragones arcanos que se cerraban perfectamente sobre sus nudillos constituyendo una prolongación de sus manos.
- Es pronto – casi como un susurro, la voz ronca del anciano surgió lentamente aplacando toda réplica.
Una túnica negra zanjó la inquietud generada tras la contestación del capo. Aquel bastón de mago hechizaba a sus aliados, los envolvía en una tranquilidad que tal vez por ser ficticia, los reconfortaba aún más. Fistandantilus Majere asintió levemente y el anciano le devolvió el saludo. Una risa sardónica templó la maldad de su alma ayudándole a mantenerse en pie. Consumido, quería pensar que aquella era su última contienda. Aunque tantas veces había postergado su bajada a los infiernos que no creía ya ni que allí le admitiesen.
Una petaca de Whisky se desveló tras Kalua que de forma automática apuntó la frente del aparecido. Al tiempo otra pistola viajaba desde el maxilar inferior, pasando por la silueta del vómer nasal hasta alojarse en la abertura infraorbitaria. Le gustaba disparar cerca de la arteria angular. Sabía que sus balas envenenadas acabarían con su víctima incluso si esta conseguía aferrarse al purgatorio. Maldito purgatorio en el que él se encontraba. Leo guiñó un ojo a su camarada que bajó la parabellum al instante, no sin mostrar un claro gesto de desagrado hacia las malas formas de aquel aprendiz de borracho.
Faltaban pocos…muy pocos. Pasados unos minutos, Hitman y Gangsterson aparecieron cordiales, saludando a todos sus compañeros, y obteniendo tan variopintas respuestas como vidas se encontraban alli. Hitman ajustaba el silenciador de su 9mm, y Gangsterson reía gustoso con Leo, comentando algo sobre un evento deportivo al que habían asistido juntos. Doc miró de reojo donde Will había estado dibujando círculos con sus espadas, y advirtió complacido el surco que ahora había bajo la punta de sus herreruzas. La adrenalina traspasaba su piel, entrecortándole la respiración y llevando al ridículo el significado de pulso parvus. Justo cuando imaginaba a su compañero más agresivo en medio de un envite surgió aquél que seguramente rivalizaría con su locura. Tuvo que alzar unos centímetros Ragnarok para que la bala no se alojase en el hueco dejado por su amputado brazo. Luca llevaba colgada a la espalda una vieja hacha de batalla, y aferraba con fuerza un fusil de asalto. Toda su vestimenta era un anacronismo, y disfrutaba con ello. Se acercó y dio un cálido abrazo a su amigo, seguido de un particular saludo a los demás reunidos. Un aprendiz de Jatori se sumó al grupo unos segundos después, demasiado dormido como para sacar a relucir su poder. El ambiente se crispaba asustado de la rapidez con la que tantas almas manchadas ocupaban un espacio tan reducido.
Todos observaron como a lo lejos una limusina alargaba su carrocería en lugar de moverse hacia ellos. De una de las interminables puertas salió Franklopez, con un sombrero de copa cubriendo las intenciones y mostrando respeto a la misma vez. Se cruzó de brazos a sabiendas de que era el último en llegar, y aquello lo hizo sentir como un auténtico gángster de los perdidos años 30.
Un conjunto de miradas inteligentes abrumaban al Doctor. Se mesó la incipiente barba buscando las palabras adecuadas para aquel compendio de asesinos.
- Estamos contigo Doc – la voz firme de Cleruccio sobresalió del silencio
fantasmal de aquellas calles.- Siempre lo hemos estado – Luca apoyó su mano sobre el hombro herido.
- Sólo dame algo que matar – Will miraba fijamente el suelo. Una mueca de ansiedad generaba una distancia de forma involuntaria con sus camaradas.
- Estoy contigo viejo – Leo sonrió.
Poco a poco todos fueron sumándose al aliento que le faltaba al guerrero.
- No nos vencerán. Hemos viajado demasiado como para no soportar insultos y calumnias. Nosotros actuamos en las sombras camaradas, no lo olvidéis. Digan lo que digan nuestro trabajo es disfrutar de esta campaña. Saben que si no fuera así yo ya me habría retirado a una buhardilla de París a ver pasar los años con mi añorada compañera. – se tomó una pausa forzada para reconducir sus pensamientos.- No tenéis nada más que mirar los números de la misma, hacer un antes y un después y tendréis vuestra respuesta. Se que tanto Dubi, como Gangsterson, como LadyPoe no han podido participar de esta guerra como querrían, pero no por ello no están presentes en nuestras fuerzas- giró rostro hacia Lex que se había adelantado.
- ¿Cómo está nuestra sub-capo? - Le espetó rapidamente.
- Me ha hecho llegar palabras de orgullo y alabanzas hacia ustedes.- reía por lo bajo a pesar de sus años.
- Eso espero – Kalua esperaba impaciente la resolución de todo aquello.
- Como iba diciendo, obvien la palabrería y cualquier enfrentamiento inútil. Ignoren las acusaciones y demás tretas. Disfruten de la guerra amigos- el ánimo del doctor se pausaba con su debilitada alma por las tres batallas ya cumplidas satisfactoriamente y el nuevo acoso al que se veía sometido.
- Esta noche me he cobrado un cadáver. Necesito otro amigo. Dame otro objetivo. Necesito sangre ya. – todos miraban asustados a William. Éste les hizo un gesto con el cuello y tras hablar por lo bajo con su capo… se introdujo en las sombras de las que nunca saldría.
- ¿Así que has venido a recordarnos porqué luchamos capo?- Franky acariciaba un maletín que jamás abandonaba cuando salía de su villa. – Bueno eso ya lo sabía hombre. Confía en mis chicos. – Giró la esquina y tomó de nuevo el automóvil que le estaba esperando.
- ¿Se supone que te tenemos que mostrar fidelidad o lealtad uno a uno? – Kalua paseó por delante del guerrero hasta estrechar su mano. – Cuenta con las balas de este cargador. Serán más que suficientes.-
Y por primera vez en toda la noche aquella extraña reunión rió divertida. Sus carcajadas cansadas disiparon la neblina que los cubría, y al grito de “Shirak!”, una luz blanca los envolvía placidamente a todos.
- Nunca he perdido una guerra. – contestó distraído Majere mientras observaba el brillo de su bastón. – ¿Ya conoces los efectos de la inmortalidad no Doctor?
Más risas. Si alguien hubiera aparecido en aquel momento incluso podría haber llegado a aventurar que se trataba de una cordial reunión. Hasta que alguien hizo la pregunta que todos esperaban.
- ¿Dónde están nuestros ninjas de élite? – Lex se mordisqueaba el labio impaciente de una respuesta alentadora.
- Lejos compañero. Muy lejos – El rostro del viejo se ensombreció.
- Nunca hemos luchado sin ellos – Luca fruncía el ceño esperando una sola contestación.
- No caerán. No sin presentar batalla. Rokurota está siendo extorsionado y maltratado hasta la extenuación. Braso no lo ha soportado más. Sólo espero que cuando regresen, sea capaz de refrenar su furia con mis palabras. – claramente se le veía preocupado.
- Lo que está por llegar que lo decida el destino amigo. Yo por mi parte pienso divertirme… ¿verdad hermano?- Cleruccio y Fibo salieron del círculo comentando sus nuevos objetivos.
BoNe se disculpó por no poder soportar tantos golpes, y la mano cálida del capo le reconfortó para seguir en la reyerta hasta las últimas consecuencias.
- Me gustaría mostrar ese ánimo pero… - sus ojos bajaban lentamente.
- Nadie ha terminado una frase así en mi presencia. – Bandutti golpeaba amistosamente al ofuscado guerrero hasta hacerle entrar en razón.- ¡Vamos!
- Bueno Doc, si nos disculpa creo que tenemos trabajo que hacer. – con una educación extrema Gangsterson y Hitman también largaban sus pasos lejos del decreciente grupo.
Leo alzó la petaca hacia Luca. Kalua la agarró de soslayo y los tres entraron discutiendo en la taberna más cercana. Poscrito mostró sus respetos a su capo, y también abandonó la escena. Dubi siguió durmiendo en un rincón de la callejuela que cruzaba con aquel claro. Lex avanzó pensativo hacia la farola, y de un golpe certero cortó de cuajo el triste metal que la mantenía en pie.
- No soporto que esta luz se mezcle con la del bastón. – y se marchó refunfuñando y arrastrando el pesado “trofeo”.
El Túnica Negra y el Doctor intercambiaron un silencio de complicidad. Las arenas del tiempo no corrían en su contra. Ambos lo sabían. Tantas batallas a sus espaldas contra grandes rivales hacían de aquello un trámite más por el que pasar. Una muesca más con la que entristecerse.
- ¿Al menos estarás disfrutando no? – el mago tosía cansado de tanta palabrería.
- No lo sabes tú bien. – Con el brazo sano se ajustó los anteojos y aferró fuertemente Ragnarok.
- Sí. Si que lo se. – Sonrió por última vez y exclamó: “Dulak!”
La oscuridad lo envolvió todo. Majere se perdió entre las tinieblas, mientras el doctor disfrutaba con el recuerdo de una vieja radio que lo esperaba todas las noches en Paris.
Hst Artistas del bisturí, capítulo 4: La radio
Poco después de su llegada a Paris habia encontrado un trabajo. Nunca antes habia trabajado como marcaba su condicón aristocrática , pero la necesidad mandaba. Los harapos de la pobreza no te cubrían del frio causado por el hambre, o el tener que pagar alquiler. Pero casualmente los sueños suelen salir por menos de lo que imaginas, y así ocurrió con su ekipo radiofónico. Vagando por la ciudad dio con una vieja emisora en quiebra. El afligido propietario sacaba trastos de una oficina cuando reparó en ella. Estaba quieta, mirando el traslado con ojos curiosos desde una distancia prudente para no parecer entrometida. El hombre advirtió su presencia con un escalofrío,como si los ojos de ella se hubieran clavado en su espalda. Se volvió alarmado pero sólo se encontro con un rostro aniñado, pálido, inocente, enmarcado por una melena negra como la noche que enseguida ansió acariciar. Ella conocía esa mirada. Muchos le habían mirado de esa manera antes y sabía como actuar. Lo había sabido siempre. Por un momento, al ver la sonrisa de ese hombre, se le ocurrió llevar su juego un poko mas lejos. Era mayor ke ella, pero bajo su camisa se advertía un cuerpo fuerte, su rostro era agradable y... se había sentido tan sola desde ke se vio forzada a abandonar su hogar... Él empezó a acercarse y de repente los hechos ke la habian llevado hasta ese punto volvieron a su mente como un torbellino. No. No podía jugar, tenía cosas que hacer. Había llegado alli con un propósito y tenia que cumplirlo. La frialdad que tenía su mirada mientras reaccionaba desapareció por arte de magia trasformándose en la mas cálida sonrisa cuando él le habló:
-necesita algo señorita?
- no gracias, sólo miraba. Me llamó la atención todo ese equipo en mitad de la acera.
- sabe lo que es?
Se hacía el interesante, buena señal.
- no - mintió ella- por eso estaba mirando.- y acentuó mas su sonrisa.
La seguridad se apoderó del propietario de la radio que empezó a explicarle de que se trataba todo aquello: los distintos aparatos, su funcionamiento... ella posaba con su gesto mas interesante. Le dejaba hablar y hacia las preguntas justas.
- es una pena que tenga que cerrar, con lo que me gusta a mi escuchar la radio!! De pequeña me sentaba con mi abuelo y la escuchabamos juntos. Siempre jugaba con él. Nos inventabamos noticias e historias y las contabamos como locutores. Me hubiese gustado poder serlo al crecer pero.... bueno, nunca tuve la oportunidad.
- si hubieses venido antes te hubiera contratado. Tienes una voz preciosa.
Esa frase marcó el mometo de pararle los pies.
- Bueno debo irme ya. ha sido muy amable por explicarme todo eso. Siento mucho lo de su emisora, es una lástima que todo ese material acabe en la basura.
-oiga, no kiere llevarse nada? Lo voy a tirar todo. No puedo venderlo porque es algo viejo y ya se usan otros equipos. Hay algo que puede valerle. Por lo menos para recordar como jugaba. Si quiere puedo llevarselo a su casa e instalarlo.
- en serio?? Muchas gracias, no sabe la ilusión que me hace.
Ambos empezaron a andar por las atestadas calles hasta llegar a la buhardilla donde ella vivia. El equipo quedó instalado, ella preparó té y se pusieron ha hablar.
-a ke te dedicas? Una muchacha que vive sola tiene que mantenerse no? Aunque con lo delgada que está se diria que te alimentas del aire.
- jajajaja- no le hacia ninguna gracia pero tenia que parecer amable- no, si que trabajo. Encontré un empleo en la morgue. Nadie queria esa plaza. Limpio los cadáveres despues de las autopsias y los preparo para las familias.
Dijo esto tan tranquila, como si fuera la cosa mas normal del mundo, aunque sabía que no lo era. El semblante de su acompañante se ensombreció ante la noticia, le tembló el pulso y derramó un poko de té. El miedo a los muertos era algo de lo que se escapaban pocas personas, generalmente aquellas que habían visto ya algunos... para el resto, los cuerpos sin vida producian una especie de pánico irracional que los alejaba de cementerios y morgues, y de las personas que trabajaban en ellos.
- vaya, debe ser... inquietante no?
- la verdad es que no. Es un trabajo... trankilo, jajajaja!!
El rostro del hombré palideció. Este tipo de humor no era aceptable. Rápidamente buscó una excusa para irse sin parecer grosero y se marchó.
Lady Poe se quedó sola. No le importaba. Había conseguido ese pequeño equipo de emisión sin problemas. Estaba deseando estrenarlo pero hoy le tocaba turno de noche. Lo de la morgue era cierto. Había elegido ese trabajo a propósito, era perfecto para llevar a cabo su plan. No tenía que relacionarse socialmente con nadie, ni hombres entrometidos, ni mujeres envidiosas... sólo trataba con algún médico de vez en cuando, pero tampoco hablaban mucho, sólo cosas del trabajo. En cuanto a los muertos, preferia su presencia, se sentia segura y tranquila entre ellos.... mas que entre los vivos.
Hst Artistas del bisturí, capítulo 3: Silbidos de bala
Las veces en las que la suerte te tienta a flaquear, ofreciéndote miles de excusas y refugios para caminantes eternamente cansados se estaban recrudeciendo últimamente. Su gesto no era tan obcecado como años atrás. Su piel había recibido infinidad de cicatrices no correspondidas con dulces besos. Las manos temblaban, sin poder sostener ese pulso que tanto necesitaba más de diez segundos seguidos. Convencido de la desgracia que antes o después le alcanzaría se aferraba a ideas suicidas para no enloquecer por lo sufrido… y por lo que restaba padecer. En su favor sabía que las tendencias siempre cambian. Su vida tendía a oscurecerse cual túnel que cada vez se estrecha más, in crescendo la sensación de penumbra. Pero bueno, siempre se podía pactar unos días más con el destino para ayudar a un camarada. Obvió uno de sus tics nerviosos, y saltó al agujero con la 9 mm bien sujeta en la diestra.
Un cañón de revólver le apuntaba la frente rasgando las gotas de sudor que empalidecían por momentos. Las pupilas devoradas por el terror se escondían en su iris verde.
- Tu debes ser …… - Un brazo tatuado rastreaba su rostro valiéndose de aquella pistola.
- Un mal enemigo – sus palabras abrazaron la oscuridad mientras se dejaba caer al suelo, golpeando con su bastón la mano que segundos atrás le juraba muerte.
El revólver rodó por la superficie hasta detenerse en unos matojos cercanos. El
hombre misterioso saltó sobre su contendiente hurtándole la 9 mm, con un movimiento repetido en infinitas ocasiones. Otra vez encañonado.
- Te aseguro que puedo ser tan peligroso como lo desees – la voz ronca del agresor lanzaba contra la lona la determinación del vencido.
- Desearía saber por qué sigues a un camarada. – incluso a él le sorprendió lo severa que había sonado su respuesta.
- Viajo con él. –
- Y yo batí hace poco el récord de los 60 m lisos.-
- Lo dudo mucho-
- Coincidimos pues -.
- Voy con Doc, a París; por mucho que te sorprenda.- la pistola cambió la dirección de su cañón, y fue tendida amablemente hacia la mano del desvalido contendiente.
La asió veloz, y las tornas giraron en aquel frenesí de adrenalina rezumada de las heridas de guerra. Empero el cazador sonreía ante la fingida desventaja. Desapareció de la vista del inválido y tras unos segundos de confusión, le golpeó en la nuca con una porra de metal que guardaba en la pernera del pantalón. Braso perdió el conocimiento y sus gafas estallaron en cientos de briznas malditas que se clavaron en sus ojos sin piedad.
- Ya dije que podría ser muy peligroso tentarme. – Aquella sombra se agachó para recoger su arma y dar el toque de gracia al cojo, que conocía demasiado poco para su tranquilidad. Sería mejor que terminase aquí.
- No pienses que un solo golpe será suficiente para abatirme. – De nuevo el bastón salió disparado hacia el estómago del verdugo, obligándole a retroceder unos pasos.
Su mirada ensangrentada marcaba con vileza el destino del contendiente (que por primera vez desde que se encontraron dudaba de la previsible nimiedad del lance). Como aquel gato viejo conocedor que la mejor carta es aquel triunfo que nadie espera jugar, el asesino chocó bruscamente su espalda contra Braso lanzándole en las tinieblas, a la vez que disparaba una bala cargada de desesperación hacia el cuerpo del amigo del Doctor. A Braso, aquel choque inesperado le hizo abreviar trámites en el conocimiento de su rival. Apretó el gatillo de forma refleja mientras escuchaba el sonido del arma contraria. La muerte siempre jugaba los mejores naipes al final de la partida. De hecho, sólo les salvó el tener a un pirata tramposo en el póker, rondando aquel duelo. Un remolino de viento desvió ambas balas lo suficiente para que no hicieran diana, mostrando la silueta de Auron entre ambos. Ragnarok resplandecía bajo la luz de la luna.
- Un placer verles camaradas. – en aquella figura se recortaba una muesca de cansancio y resignación que detenía el corazón de los rivales.
- Saludos Doc. Aquí Garbo (Braso) para servirle. – hizo un ademán de inclinarse ante el compañero a la vez que ambos reían entre dientes.
- Te presento a nuestro nuevo compañero. Por lo que he podido ver, os habéis conocido cerca de morir. No puede haber mejor vínculo en una tripulación experimentada como la nuestra. – Volvía a guardar Ragnarok bajo la capa, distendiendo los músculos y relajando el gesto opaco de su mirada.
- Es un placer conocerle. Mi nombre es Rorro, siento haber intentado matarle.- dicho lo cual la mano se tendió de nuevo amistosamente hacia el cojo que aún restaba en el suelo.
- Así que eres tú…. Doc; no le escuchaste ir tras de ti? Si hasta un necio lo habría hecho. – aquel neurótico era capaz de transformar una frase sencilla, en una daga viperina que rentaba con la paciencia del interlocutor.
- Jajajajajaja – Auron reía relajado en el centro del diálogo.
- Jajajajajaja – Rorro hizo lo propio, mientras se guardaba de tener a mano la empuñadura de su arma.
- Puedes reir lo que kieras, pero maldita sea camarada. Si llega a querer matarte y no aparezco. Lo hubiera hecho. – refunfuñaba a la vez que arrancaba meticulosamente los fragmentos que aún estaban clavados en sus párpados y mejillas.
- Deja que te cure eso.-
- Al menos habías conseguido un empate. – Rorro seguía riendo con los brazos cruzados y la vista escudriñando la noche.
- Siento decirle Sr Rorro que las balas no suelen ser suficiente excusa para darme el pasaporte. No desde tan lejos. – seguía murmurando hasta que se arrancó de un tirón la chaqueta raída por la contienda. Bajo la luz de la Luna se vio aquel tapiz de horror que sólo Doc conocía. La piel quemada formaba una coraza de recuerdos, que era infranqueable para muchas armas blancas, metralla o disparos sin demasiada pólvora. Rorro contemplaba espantado el lienzo que formaban los dos doctores en aquel páramo perdido de la conciencia del hombre.
- No se sorprenda amigo. – Doc guiñó un ojo al asesino.
- No, hazlo tú viejo. Insisto en que ahora podrías estar muerto. ¿En qué estabas pensando? – el ánimo de Braso cada vez se agriaba más con la tediosa cura de las heridas. Las odiaba.
- En una voz lejana.
- De una mujer.
- Si.
- Jajajaja… Que viejo que estás maldito matasanos. – el bastón golpeaba el hombro de Auron, y Rorro contemplaba divertido la escena.
- Sigo con vida que es lo que importa … no es así amigo? – dijo volviéndose hacia el asesino sonriente.
- Yo también te salve una vez. No lo olvides. – Rorro sabía como moldear la gravidez de su voz según objetivo.
- Recuérdaselo a mi siniestra.- Doc escupió el último punto que cercenaba las marcas de Braso,.
- Así que todos nos debemos una no? – Garbo se apoyó en el bastón hasta alcanzar la verticalidad.
- Yo no le debo nada a nadie.
- Ni yo.
- Lo que yo decía.
Los tres compañeros rieron en silencio
. Con paso cansado reemprendieron la marcha sin saber la sorpresa que les aguardaba unos pasos por delante…
Hst Artistas del bisturí, capítulo 2: En una vieja taberna
El camarero ofreció un taburete vacío junto a la barra y Auron accedió solícito. Buscaba alguna mirada amable con la que conversar sobre el tiempo, lo caro que estaba el soplo de Ron, o un sin fin de nimiedades que se le ocurrían casi estúpidas. Observó de nuevo como aquella luz era mucho más benévola con los que preferían ocultarse en las sombras, que con los que buscaban en ellas. Pensaba en su amigo que acababa de ver. Cómo le tendió la mano sabiéndose ya en Tierra junto al “doctor”, y como compartían ese deseo de navegar y no adentrarse tanto en eriales que les eran ajenos. Mas para llegar a París había que cruzar unas cuantas montañas, y el anciano estaba dispuesto ha hacerlo a toda costa. Siempre le sorprendían esos asuntos de los que su camarada andaba metido, hombre de fortuna en el mar… con demasiados problemas que atender en Tierra… lo recordaba mientras recortaba una mirada hacia un individuo muy sospechoso que se encontraba frente a él. También bebía Ron, pero muy lentamente, casi como si le desagradara su sabor. Le observaba pensativo, una mente alicaída que deseaba algo más pero no se atrevía a pedirlo. De pronto sus miradas se cruzaron. Aquel hombre debía ser un poco más joven que el doctor (no era muy difícil), y tenia un extraño tatuaje en el antebrazo, algún distintivo de una organización secreta, o algo similar. Viendo que no había otro remedio, alzó su vaso hacia el semblante misterioso y brindó por nada en especial; mas por terminar una mirada insoportable siempre estaba permitido utilizar el Ron. Su interlocutor le devolvió el gesto, y acto seguido se levantó y bajo un manto gris se perdió en las afueras del antro. Lo apartó de su mente.
Le gustaba el romanticismo de aquel lugar. Pese a todo el avance tecnológico, pese a la revolución industrial, pese a aquellas máquinas de vapor que el doctor consideraba endemoniadas… y frente a las armas de fuego que se estaban imponiendo como extensiones de los afilados dedos del maligno, allí, bajo esa débil iluminación; uno volvía a confiar en historias de piratas, de personajes fantásticos, o historias de radio que flotaban en el cielo de París.
La noche transcurrió con demasiado ron (le encantaba utilizar esa palabra cuando de este efluvio se trataba), y terminó cerrando un ojo a eso de las 6 de la madrugada. (Nótese que siempre devolvía la mirada a quien se le acercara, y muchos le habían llegado a insinuar la posibilidad de que no durmiese jamás…)
El sonido del tabernero lavando los platos le sacó del letargo. Estaba solo, y Ragnarok había desaparecido. Se levantó rápidamente y casi sin quererlo tropezó con la empuñadura de la espada que debió caérsele con la embriaguez de la pasada noche. Medio inválido su estampa fue patética tirado en el suelo. Una nueva mano apareció.
Se debía de hacer viejo muy deprisa. Demasiadas manos le tenían que ayudar a ir más arriba, y su orgullo se quejaba desde el fondo de su negra capa. Mas accedió a ella, ya que cuando recordaba que sólo podía valerse de un brazo ya era demasiado tarde para darse cuenta de que había intentado utilizar en vano el que le faltaba. Una mano forzuda de hecho. Aquel paisano tenía aspecto de ser más resistente a los rayos del sol que cualquiera.
- Pisha, ponle al doctor algo para el reuma que sufre en el brazo que perdió. Jajajaja!!! Ai…. ai que vé que ganas de verte canalla.
- No esperaba verle tan pronto.
- Vine con el camión.
Los ojos del viejo se abrieron como platos… la travesía se iba ha hacer mas corta de forma milagrosa, y aún no sabía como bendecir su suerte por no tener que viajar sólo.
- Pero no puedo llevarte compañero.
- Maldición.
- Quedé con el otro pirata en las afueras, ya me dijo que te había visto y que os veríais en Paris. Así que Artista!!! Nos veremos allí no ¿?
No podía reprimir una sonrisa sana ante la gracia de su viejo amigo. Ni tampoco cuando evocaba el momento en que se conocieron. Aquel día ganó como persona ante tal descubrimiento. Tantas veces reía al lado de su camarada que se olvidaba del dolor que lo envolvía. Sabiendo además, que aquel andaluz no sufría poco en su vida… Vio las 2 mágnum que colgaban del cinto de su acompañante y osado le preguntó…
- Ya no te puedes valer de aquellas dagas que con tanto cariño recuerdo… - . Y al instante dos pequeños cuchillos aparecieron de la nada y se clavaron en los ojos del retrato que tenían ante si. <
- Bueno viejo sólo quería que supieses que también voy contigo de acuerdo? Que ya tenia yo ganas hombre… - Dicho lo cual, se destapó el sombrero, y evidenciando una reverencia, marchó hacia el “aparcamiento” improvisado del antiguo embarcadero.
El corsario miró por la ventana como se marchaba con aquel enorme artilugio que nunca había querido ni entender. De hecho apenas llevaban unos años en funcionamiento, y sabía de muy buena fe que su camarada era uno de los primeros en aventurarse a utilizarlos. Volvió a sonreír tímidamente, hasta que se encontró con el último guiño de aquel singular tipo, convirtiéndose en una carcajada solitaria su primer esbozo de sonrisa. Había arrancado el retrato (posiblemente de la esposa del dueño del local) donde había clavado las dagas, y en su lugar había dejado una nota donde se leía…
Esta foto me la llevo, que total ya que
Yo la veo con más frecuencia que usted,
Tengo derecho a poder anhelarla
Mientras la conduzco con mi vehículo.
No había una sola palabra que no fuera maliciosa en aquellas líneas.Doc vio como el tabernero enrojecía de furia y comprendió que era el momento de desvanecerse con la velocidad que tantos años de entrenamientos en la oscuridad le habían otorgado.
Allí afuera brillaba el sol de forma violenta. La arena se mezclaba con el asfalto, y las rocas sobresalían como dentelladas de un tiempo pasado que se resistía a perecer. Giró en redondo y vio la inmensidad que le esperaba. Las tinieblas de las montañas en las que se iba a adentrar eran más tentadoras que el amparo del astro rey.
Advirtió el camino que engullían los escarpados picos, y marchó con el ánimo renovado sabiendo que más allá le esperaban sus camaradas… y ella.
Unos minutos más tarde una capa gris se introdujo por la misma grieta que el doctor, con un sigilo que ridiculizaba la simple expresión del silencio.
Hst Artistas del Bisturí, capítulo 1: De nuevo en Tierra
La noche avanzaba, y el candil que tenía encendido centelleaba bajo las estrellas intentando dar posición a un barco desubicado. Aquella luz se fundía con la que reflejaba Ragnarok, abandonada en cubierta, cubierta por demasiado polvo y salitre.
Su capa le envolvía y cubría gran parte de su maltrecho cuerpo. Comprendía que jamás dejaría de dolerle el brazo perdido, no más por el simple daño que causan esas cicatrices que no cierran bien, sino por como se produjo su pérdida. Nunca lo olvidaría… Sacudió la cabeza intentando apartar sus pensamientos como si de neblina matinal se tratara y apoyó una pierna en popa. La brisa del mar era tenue a esas alturas del día… Mecía sus rojos cabellos sin moverlos del sitio. Un leve balanceo bajo el sombrero pirata era el único signo que evidenciaba aquella ventina. Por fin su mente exclamaba el ansiado “Tierra a la vista!” siempre gustoso de ser dicho por un pirata como aquél.
La costa francesa mostraba sus montañas imponentes, cercando su destino por una muralla de sombras que se perdían en la inmensidad del terreno. Pensaba en ella. Esa voz maldita que había sonado inquieta en su vieja radio hace ya tantas lunas que ni lo recordaba. Resonaba en su interior el dulce vaivén de esos labios nerviosos ante el micrófono, aquella llamada de socorro tan cargada de sentimiento que era imposible no escuchar. Cuantas noches le había acompañado a la deriva el sólo traquetear distorsionado de esos suspiros parisinos. Su ilusión abandonada por el tiempo, había recuperado una llama con la que encender, su pequeña sonrisa oculta; por la perilla corsaria que le gustaba afeitarse. Evocaba la figura de la dama mientras el Ron y las gaviotas gobernaban el timón de la nave.
Realmente no comprendía que le impulsaba hacía todas esas luces que cada vez con más fuerza se vislumbraban en las playas cercanas, mas hacía tiempo que no sonreía, y pensaba que de cobardes está el mar lleno. Alcanzó la empuñadura de Ragnarok y la movió diestramente en cubierta, añorando aquellas ocasiones en las que se deslizaba por las sombras agarrándola con ambos brazos, imprimiendo mucha más fuerza a sus golpes. Su capa danzaba con sus pies, un baile maldito para sus adversarios… tantos habían caído se perdían en su mente. Desconocían la forma de batirle, tal vez, una voz hacía más mella en su alma que cien dagas afiladas, más la que ahora escuchaba le imprimía tanta fuerza que la sensación de poder alentaba su determinación hacia el firme empeño, de protegerla.
Apenas media milla le separaba ya del pequeño embarcadero, que había descubierto escondido en uno de esos mapas que su colega Braso había trazado antaño. Compañeros de profesión, no eran pocas las veces que recordaba el sufrimiento que padecía su camarada. Deseaba reencontrarse con él, presentarle esa voz que le había llevado hacia París, volver a discutir con las luces para que lo ocultaran todo, y observar como las sonrisas Sanguinarias derramaran vida por doquier. Aunaba esfuerzos por comprender a su atormentado compañero. Tantos recuerdos.
Ya avistaba las amarras, por lo que se dispuso a atracar. Iba de aquí a allá con pasos expertos, empero maldiciendo la inutilidad de su miembro arrancado por la malicia humana. Dispuesto a desembarcar una mano le recibió inclinada hacia él. Al instante Ragnarok apuntaba la frente de aquel hombre, que no había hecho ningún ademán de sorpresa, ni mucho menos de defensa.
- Veo que sigues tan desconfiado como siempre Doc. – la voz sonaba divertida, casi se convertía en una carcajada traviesa a esas horas de la noche.
- Si algo he aprendido con el tiempo camarada, es a no fiarme de los piratas. – el anciano apartó su espada y agarró fuertemente el brazo que se le tendía.
- Sube viejo. –
La noche ya estaba muy avanzada como para continuar el viaje sin un merecido descanso. Auron contemplaba el adoquinado maltrecho que sus pies pisaban, y rezaba por que el camino hacia la ciudad de las luces fuera un poco más fácil de andar. Fácil de andar era un término que tan sólo unos pocos hombres de mar comprendían. En tierra firme se veían perdidos, enclaustrados por los límites bien definidos del terreno, todo aquello que no se podía navegar no era sencillo a sus pasos.
- En qué anda tu mente esta vez Doc? – La sombra del acompañante se alejaba del mismo modo que la primera cordialidad recibida.
- Sabes que voy a París. Te avisé antes de partir. He de ayudarla. –
- Ragnarok se debilita tanto que necesitas salvar doncellas en apuros? –
- Puede ser.
- Jajajaja. Siempre me rio contigo camarada.
El anciano se felicitaba por haber encontrado tan pronto un amigo en aquel lejano paraje. Admiraba la forma de aquel hombre alejándose en la oscuridad. Todavía cansado por tantas horas de viaje, su entendimiento flotaba como si de una brizna de espuma se tratara.
- Espero que llegues pronto a París compañero.
- Lleguemos.
- Aún tengo que resolver unos asuntos que requieren un poco de atención.- el caballero misterioso reía mucho más de lo que el doctor había hecho en toda su travesía por el mar.
- Te veré en alguna taberna alcanzo a entender no???
- Sin duda.
Estrecharon las manos, y el doctor enfiló el camino hacia la posada que le abrigaría esta noche, mientras seguía soñando con susurros en las tinieblas.
Capítulo 2 Hst sanguinelli: El nacimiento de una alianza
Caravelli esbozaba muecas de tristeza fundidas con el desaliento causado por el tétrico panorama de los días venideros............ Masticó la base de un puro que hace unos días su mismo hermano le había entregado.....recordó.........("toma Caravelli, hermano mío, por la nostra familia y la felicidad de nuestra madre Violeta........." bromeaban el joven y su hermano Lucca......)........
El cigarro habano cayó sobre la mesa como si de una losa se tratara.....un peso que golpeaba martilleante la conciencia del hombre, oprimiéndole el pecho y vaciando de aire sus pulmones.............
Sus labios temblorosos recordaban todo lo sucedido una y otra vez......una pesadilla de la que no se podía escapar......un martirio sin fin con el que había sido castigado.................("¿Dónde está mi luna?".......evocaba la frase que le gustaba preguntar a Violeta a su hijo Caravelli cuando era un niño........"¿Dónde está mi luna"?................y Caravelli saltaba de improvisto desde su escondrijo....."¡Aquí!".................) y ahora ...........nunca más volvería a ser preguntada.............
Lola no podía dejar de fumar.......cada vez más nerviosa con la situación golpeaba intranquila la mesa con los dedos, tamborileando viejas canciones que escuchaba desde pequeñita en su Palermo natal.........."Pam pam papaparrapam".......se hacía gracioso ver a una mujer concentrada en un ritmo tan anodino y vacío.........mas a ella no le importaba lo que pareciera.......era su forma de escapar...........distraerse......perderse.............huir de una conciencia que la perseguía a todas horas, en todos los lugares......y para toda la vida........."pam pam .........."................dio una calada al enésimo pitillo del día y se bajó las gafas de sol para observar mejor al hombre que tenía ante sí..................................................De facciones marcadas, Caravelli era un apuesto joven que ya conocía mucho tiempo atrás.....aunque él no supiera nada...............
Sabía que se trataba de uno de los futuros capos de la familia Alpakone.........también admiraba sus virtudes en el arte de la extorsión, ya que se le había adelantado en más de una ocasión con algún cobro rutinario................Y sus virtudes físicas .........no escapaban al conocimiento de las mujeres del lugar.........
Pero todo eso parecía no importar ahora........Aparentaba haberlo perdido todo, destrozado por la culpa y la ira, aquél no era el Caravelli que esperaba encontrarse el día que tenía pensado para declararse........
Se enamoró de él..........hace mucho..........en una de las famosas góndolas venecianas..............donde el apuesto joven había llevado a viajar a una afortunada Milanesa, de nombre Carla, y de futuro más bien negro.......ya que fue asesinada esa misma noche en la que se enamoró de Caravelli.........por alguien muy cercano a Lola................mas ella obviaba el pasado y sólo se centraba en quien tenía delante.............así lo había hecho siempre................y le había funcionado.............
Don vió un brillo diferente en la mirada de la mujer........le observaba desde el otro lado de la mesa de aquel Caffeto en el que se encontraban......Impaciente golpeaba la mesa con los dedos, mientras se mordisqueaba el labio inferior..........Era muy bella........no recordaba haberla visto antes........pero su concepto de la chica giraba en estos momentos de confusión en torno a la idea, de que tal vez se tratara de un ángel que el Señor Jesucristo le había enviado para protegerle de sus agresores...........y poder llevar a cabo......su vendetta............
Lola más inquieta que nunca, no dejaba de recitar canciones en su interior, subiendo el volumen del canto, acallando una voz interior maltratada, corrompida, muerta por cada balazo en cuerpo ajeno..........Buscaba el momento, el gesto, la señal para lanzar su proposición...........y ocurrió....................................
Caravelli veía como la mujer bajaba cada vez más la mirada......parecía perdida en sus pensamientos, indecisa y nerviosa..................no sabía como.........pero aquella belleza era un hálito de esperanza en su vida rota.............¿De dónde había salido?................¿Porqué se habían citado en el Rigoletto tres veces ya desde la matanza?.............Nada tenía sentido.................Sólo conocía el hecho de que si no hubiera aparecido Lola ahora estaría en las aguas del Mediterráneo...........alimentando a los peces...........................
Y volvió a observarla..........sentía como una atracción irracional hacia aquel ángel oscuro de chaqueta negra y vestido rojo..............hacia esos labios color carmín, que resaltaban un labio mordisqueado.........y deseado por muchos hombres................................................................Caravelli se hizo con el borde de su taburete, lo deslizó hacia ella.........acercó su boca al oído de la mujer...........y susurró..........."Gracias".............
Sobresaltada, la joven giró en seco su rostro avergonzada por la situación, y contesto con un tímido "nohaydequé", que el hombre más que escuchar tuvo que adivinar de su boca..........Notó como un escalofrío la recorría desde el pabellón auditivo hasta las zonas más recónditas de su cuerpo, descargando un torrente de hormonas dormidas desde hace demasiado tiempo..........el calor de pronto era un sentimiento abrumador que la desnudaba sin remedio.........
Caravelli cogió el pelo de la muchacha suavemente y lo meció hacia él...........color rubio rosado, le recordaba al trasluz de aquellas botellas de vino blanco que en España le habían enseñado a mezclar con el rosado.............Bellísima.................vió como la mujer tornaba sus labios hacia la mano con la que le acariciaba el pelo, y deslizaba su textura infinita por la piel del hombre...............
Ella se sintió segura por primera vez en su vida..........se apretó contra el pecho del hombre............ y comenzó a llorar................
<¿Lola?...............¿te ocurre algo?.......................>
El hombre esbozó una ligera sonrisa y la estrechó entre sus brazos...........
Pasaron los días, y la relación cada vez se hizo más estrecha.......culpables de ello fueron tal vez la pena y la soledad que a ambos perseguía..........mas les gustaba pensar que la Luna de Roma era la que se aseguraba cada noche......de juntarlos bajo el mismo lino..........abriendo los ventanales, y espiando, curiosa; la unión del desconsuelo y el desamparo.....con la pasión irracional............
Muchas tardes en el Rigoletto, muchas noches en el mismo hotel......hasta que un día............
<¿Pero cómo lo hacemos.........tan sólo somos tu y yo......?>
<¡Conseguirás sacarme de mis casillas!>
La pareja reía distraída cuando un hombre se acercó por la espalda de Don, y juntó un taburete a la mesa.................
Caravelli giró en seco aún tenso por todo lo que no hacía tanto tiempo le había ocurrido....................................................
El caballero se ocultaba bajo un sombrero de ala color mostaza.............vestía un traje blanco, retocado con cadenas doradas por doquier.............
Lola observaba al individuo fastuoso, colmado de joyas y brillantes....................Era inevitable pensar en cualquier otra cosa que no fuera un capo de la mafia...........................Y aquel precisamente.............no le gustaba nada....................
Encantado/a digeron al unísono...............Siendo la bruma estival testigo del nacimiento de una gran familia.....................los Sanguinelli..............
Capítulo 1 hst sanguinelli: La tragedia de Caravelli
Alzó la mirada con los ojos cargados de ira, y encontró a Lola, que le observaba atentamente mientras el humo del cigarrillo le difuminaba el rostro. <<¿Cómo ha podido ocurrir esto?>> ....Caravelli daba vueltas y más vueltas al trágico suceso y maldecía su suerte, sabiendo que había sido partícipe de ella. <<¿Pero porqué asi?>>-....las preguntas le asaltaban la mente de forma repititiva, como aquellos vinilos que nunca se cansaba de oir, los cuales repetían ya las mismas canciones de tanto haber sido escuchadas....... Los ojos perdidos en la miseria de lo ocurrido,sus ideales heridos de muerte, sus convicciones desmoronándose, y su temple por primera vez en 28 años acusaba con traicionarle y dejarle abandonado en medio de la nada. <<¿Qué debía sentir?>> ira......remordimientos......tristeza.......odio.......desánimo.........
De pronto y sin que él mismo lo esperase, cayó al suelo y comenzó a llorar. Nadie hubiera podido soportar aquello, y menos cuando adivinaba que tal vez él fuera parte de la culpa del genocidio........Pero....nunca pensó que pudiera ocurrir esto......nunca imaginó el alcance de la vileza humana......y mucho menos de la cobardía. Sí, tal vez hubiera tenido algún trapo MUY sucio en el pasado, pero como cualquier mafioso sabía que había un código ético que respetar, y lo había seguido a rajatabla....
porqué?¿???----.............seguía llorando....encogido de rodillas su forma era la del hombre derrotado, la de aquel personaje al que su sombra le ha consumido.....la del héroe vencido sin haber podido siquiera vencer........
Una mano le rozó la mejilla, ofreciéndole un cigarrillo liado a mano....Volvió a alzar la vista, se sentía sobrepasado por lo ocurrido.....lo había perdido todo....hace unos minutos era feliz, se sabía afortunado por contemplar a sus familiares disfrutar de la celebración , y orgulloso por el paso que había decidido dar su hermano......hace tan sólo unos minutos lo tenía todo......y ahora.....NADA........
Aceptó gustoso el cigarrillo, volvió a guardar la compostura.......se levantó elegante y apartó los despojos que le rodeaban con puntapiés distraidos.... Se encedió el único vicio del que se arrepentía, ya que le suministraba más dolor que placer, y se giró hacia ella. No sabía que decir....¡¡¡!!!! no sabía que es lo que habia que decir en esas situaciones....
Pero ella sí................
Lola contemplaba apenada y con compasión al apuesto Caravelli en el suelo, llorando como cualquier ser humano, perdiendo aquello que todo mafioso nunca debía perder........Pero le comprendía.....le veía retorcerse de dolor y viejas heridas salían a flor de piel como si 10 dagas atravesasen su corazón desde todos los rincones posibles....dagas envenenadas, cargadas de ira y remordimientos.....espuelas punzantes de una conciencia maltratada que se negaba a comprender su existencia, y que se limitaba a sobrevivir de los demás........y de si misma......
No podía soportar el dolor que indirectamente DonCaravelli le estaba causando, debia protegerse de algún modo.....debía ayudarle a él y tal vez así ayudarse a ella.......
Le ofreció un cigarro.......mucho más era demasiado......pero menos que un cigarro nunca habia sabido dejar de ofrecer........
El hombre se repuso, le miró fijamente a la cara, y pudo contemplar la misma expresión de ira y sinrazón que unos meses atrás ella había sentido......
Él la miró.....era hermosa, aun a pesar de su cabello desgreñado y maltrecho por la pena.....era muy hermosa.......Sintió una complicidad extraña para aquella situación, y se avergonzó de ella, bajando rapidamente el gesto.......
Ella sabía que pensaba Caravelli.....
Él sabía que pensaba Lola............
Sus pasos se cruzaron, y la mujer se colocó bien las gafas de sol, mientras él lanzaba la chaqueta sobre su hombro.........y los dos susurraron..............Vendetta.................
Sinopsis Ojos Verdes
Ojos verdes capítulo 3
-3-
La puerta se abrió con un lamento. La entrada le devolvía la mirada asustada por fantasmas a medianoche. Todo en orden. El perchero heredado de sus abuelos agarraba con fuerza chubasquero, paraguas y bolsas de mano. Marcos seguía en el umbral sin atreverse a mirar más allá. El corto pasillo estaba con la misma astenia que quedó al marchar. Avanzó unos pasos y vio a su izquierda la puerta del cuarto de baño cerrada. El marco, encuadrado en ese dimorfismo de talla que él mismo había mancillado, apuntaba al salón con sus grietas de anciano. Obvió inconscientemente la sala principal (de no más de tres metros cuadrados), y entró primero al trastero que quedaba justo a la derecha de la recepción. Trastos viejos ocupaban el graderío de estanterías, hinchas del desorden. Folios almacenados sin escrúpulos en cualquier superficie, hacían de equilibristas en aquel peculiar circo. El escritorio mojado de lapiceros estaba como siempre. Desempapeló todo con la mirada, y justo cuando se volvía hacia la puerta, algo se movió en las sombras. Su cuerpo violentó tensión hacia el nuevo sonido, preparándose para una nueva acometida. Mas nada de esto ocurrió. Alineando párpados con ingenio buscaba en vano al causante. Terminó por atribuir a su estado emocional todo aquel embuste y siguió con la comprobación. Andaba con pasos inseguros, cautos de terror por lo que pudiera encontrar, respirando latidos que se aceleraban por momentos… cuando, sin previo aviso; algo le trabó las piernas haciéndole caer. Besó las baldosas al tiempo que no quitaba un ojo del perímetro cercano. Y allí le encontró.
Gato Verne había decidido jugar con sus bambas justo en aquel instante. Se había enredado en ellas, y además, le había propinado un arañazo en la pierna al sentirse en peligro. Sabio instinto de supervivencia que siempre generaba desconfianza en todo lo que rodeaba al pequeño felino. Murmurando maldiciones en egipcio antiguo, Marcos retomó la verticalidad apoyando un brazo en la mesita de recepción. Se sentía bastante ridículo por su actitud de infante temeroso. En cualquier otro momento, el gato tan sólo le habría hecho tropezar lo mínimo para zarandearle con desidia y algún bombón de gruñidos. Pero sus piernas flaqueaban. La valentía de sus novelas se perdía en el papel, y era obvio, que ningún aprendizaje se había destilado de tanto tiempo compartido.
Enfurruñado, Verne le contemplaba desde la sala de estar contigua a la cocina esperando algún tipo de disculpa. El muchazo extendió el dedo corazón como respuesta. GV siseó por lo bajo crispando el pelaje ante la provocación vertida. Marcos avanzó conciliador conocedor de las malas artes de su compañero de piso. Se dibujó la expresión más afable que pudo en el rostro y extendió el brazo para suavizar el obtuso lomo. El gato se giró ofreciendo el trasero al pacto de paz, y con pasos que taimaban la lentitud, abandonó victorioso el campo de batalla. Maldito elemento. Lo de darle la espalda era un golpe bajo que antes o después pagaría. Seguro.
Aquel encontronazo con su odiado amigo le hizo respirar normalidad, ayudándole a tranquilizar sus movimientos. Se adelantó unos pies para seguir con la inspección. Terminó entrando en el comedor contiguo a la cocina (que no era el principal, sino uno destinado a cenar en horas bajas, apilar libros los días de limpieza, o jugar una partida interminable al póker consigo mismo). Las sillas caoba se camuflaban con la pintura de la buhardilla, atravesadas bajo la mesa necias de aburrimiento. La gran mayoría llevaban años sin ser utilizadas y, por lo que veían y oían, no les esperaba un futuro muy alentador para sus asientos. La mesa pretendía estar limpia, pero siempre conseguía almacenar migajas de las comidas anteriores, con las que enseñar a Marcos la triste cotidianidad de su vida. Cuando uno se acostumbra a ver su comedor a medio recoger, nada bueno te espera para el día siguiente. Continuó desnudando todo con la mirada, buscando alguna pista que seguir; pero su hogar continuaba siendo la confortable creación de un genio loco venido a menos. Algo así como un poeta sin pluma, o peor aún, sin lugar donde escribir; sin más remedio que almacenar versos devoradores de fantasía.
La cocina le reprochaba con platos sucios su dejadez. Breve visita hecha, aquella de quien mira para otro lado; sabedor de que las cosas que queman hay que observarlas de reojo, y en poca cantidad. Y no hace falta que se nombre la desazón que mordía hambrienta en su subconsciente, cada vez que comprobaba el desastre de existencia en la que vagabundeaba. Mendigo de oportunidades. La suya había pasado hace tiempo. Y ni tan siquiera recordaba haber anotado su número de teléfono ni dirección. Era penoso. Pero era así. Aquel exhaustivo registro holmesiano cargaba de diapositivas de desaliento la realidad de su existencia. Aunque, existencia era una palabra demasiado larga para lo que había vivido. Subsistencia como premio de consolación.
Marcos era una de esas personas geniales en ocasiones y, en otras tantas, en demolición inminente. Los artificieros colgaban la dinamita con soledad por su cuerpo. Pequeñas explosiones cada vez herían más hondo. Y el no tener a nadie a quien recurrir mas que a un felino aprendiz de pantera, incendiaba demasiadas mechas. Lo jodido era que las incendiaba. Si tan sólo las encendiera, buscaría como cortarlas cerca del explosivo. Pero cuando todo ardía, siempre saltaban chispas que escapaban de sus oxidadas tijeras de cortafuegos.
La visión de una sombra oscilante proveniente de su dormitorio, le sacó de su hondo desánimo. Un tirabuzón oscuro que se movía allá adentro. Armando de inteligencia los ojos calculó todas las variables antes de volver a dar un paso en falso. Recordó los objetos que podrían producir aquella silueta que danzaba en las baldosas iluminadas por el sol de otoño. Por lo que adivinaba, debía de estar sujeto a la pared junto a su ventana, concretamente a la derecha; más cercana a la cama que al corcho de recuerdos. Las cortinas eran ya presa de los infiernos del mal gusto, así que sólo le quedaban los cuadros de Monet en Honfleur., y tal vez alguna nota que no quería encontrar. Esperó medio escondido entre el marco de la inexistente puerta de la cocina, intentando entrever cualquier otra anomalía. Algo le rozó la pernera del pantalón, y esta vez, ya puesto sobre aviso, reconoció fácilmente a GV; que también asomaba medio cuerpo hacia la escena que él contemplaba. Allí estaban los dos, arrimando el hombro ante lo desconocido. Cómplices de alquiler que se veían obligados a colaborar.
Finalmente tomando la iniciativa de quien debe una disculpa, GV avanzó sigiloso hacia la entrada de la estancia. Se asomó distraído, y al no parecer encontrar nada que lo satisficiera, arrastró sus andares victoriosos hacia su cajita de arena. Donde por supuesto no hizo sus necesidades, sino que escarbó aburrimiento. Agarrándose la cara con una mano, el muchacho trataba de introducir en su entendimiento el asalto sufrido. No era nada excepcional. De hecho se sentía bastante afortunado por la de ocasiones en las que la suerte le había desviado unas calles de soslayo, para no ser blanco fácil de ese tipo de habitantes de las sombras. Se rascaba la incipiente barba con gesto adormecido, como si el cansancio se hubiera acumulado de golpe contra su instinto aventurero, noqueándolo; y devolviéndole al silencioso lamento de su mediocridad. Maldiciendo la desdicha de haber sido atacado, pero ya más consciente de la exigua singularidad de tal acción, apartaba elucubraciones mientras destensaba los músculos del cuello. Bonita preparación para lo que estaba a punto de ver. Unos metros más adelante dejó de moverse. Petrificado, con la mano tapando su boca abierta por la incomprensión, admiraba el inicio de aquello que terminaría por acercarle tanto a la muerte, como para jugar con ella a una partida de dados con final incierto.
Los dos cuadros del pintor Impresionista estaban rasgados, destrozados por todos sus matices, el asesinato de la belleza del paisaje. Colgaban los lienzos, balanceándose con el viento que se colaba por la ventana entreabierta. ¿Qué sandez significaba eso? La preocupación volvió a remar a favor de la marea, adentrando su miedo hacia un mar demasiado profundo. Comprendía algo de todo aquello. Pero era tan lejano que asustaba rememorarlo. Empujado por las malas nuevas, corrió esta vez hacia el teléfono marcando atropelladamente un número que recordaba de memoria.
Los tonos sonaron como las campanadas de la tragedia que se estaba interpretando. Nadie contestó. Colgó nervioso y se introdujo en el salón. Allí la sorpresa no tuvo lugar en sus sensaciones. Triste confirmación de sus temores. El lienzo de los nenúfares roto sobre su sofá.
Aquella tarde transcurrió entre llamadas sin respuesta y sonidos extraños en las rendijas de su hogar. Sopesó el alcance de las circunstancias. Deseó no acertar en el diagnóstico, mas si escuchas trotar, pensarás en caballos y no en cebras, le decían en la carrera. Y mucho menos en unicornios. El problema es que el equino tratado pretendía cocearle lo poco sano que quedaba de su vida, hasta deshacerse de él en la zanja más cercana. La situación no era desesperada. Ni mucho menos inesperada. Pero si peligrosa. Y mucho.
Jamás imaginó que aquello volvería. El pasado te abandona con billete de ida y vuelta. Y aquel se había abonado a su estación. No podía tratarse de ninguna estúpida coincidencia. Aquello tenía un propósito claro. La pieza del agresor no encajaba demasiado bien en aquel puzzle olvidado en el desván del miedo. Pero la muerte de Monet, era suficiente insinuación para comprender que los demonios siempre vuelven cuando no tienes un ángel de la guarda en la puerta de casa. Y él para este tipo de personajes… debía de tenerla abierta de par en par.
Se arrastró por su vieja agenda de teléfonos, acariciando las páginas con cada nombre que le transportaba hacia una sonrisa. Al final llegó a
La avenida Malvarrosa siempre le satisfacía. El devenir de autos en una sola dirección, adentrándose en la ciudad ilusionados con llegar a casa le provocaba una calma ficticia con la que no pensar demasiado. Se abrochó la gabardina dejando los dos últimos botones al desahogo, y anduvo con la mirada gacha por las conocidas aceras. Cruzó un pequeño paso de peatones, dejó a su derecha una parada de autobús, y sorteó una papelera rota, que estampaba un collage de basura en el suelo. Antes o después tendría que cambiar de lado. Asegurándose de salvar la vida en el tránsito hacia las tiendas de enfrente, dio unas cuantas zancadas con aires de misterio londinense, hasta encontrarse con la puerta de José Antonio Llavero. “Arreglos de zapatos, llaves y cerraduras” rezaba el cartel de la entrada. La figura de un cangrejo muy gracioso cargado de claveros te invitaba a entablar una mínima conversación con el dependiente. J.Antonio “El llavero”, era el hijo de un famoso calafate de la zona, ya retirado y con el Alzheimer devorando sus neuronas. Mas esa condición de primogénito de alguien tan importante (su padre, Don Juan Claver; era más respetado que la virgen de los desamparados), le hacía poseedor de una fama que atraía ella sola el negocio. Si a eso le sumas la afabilidad de su rostro, tienes el comercio perfecto. Si hubiera tenido que invertir en algo, sin duda alguna habría elegido aquél doctor de cerrojos. Y para variar, la tienda hasta los topes de contertulios variados, de linajes marineros y agricultores, disfrutando del devenir de las horas. Marcos saludó a la concurrencia con un gesto educado del sombrero. Peculiar vestimenta la suya si se comparaba con el foro ante el que se encontraba. Camisetas de tirantes de color blanco que asomaban debajo de las camisas usadas, chaquetas gastadas por el frío y la tierra, pantalones de pana empanados de ancianidad… Todo espolvoreado de honestidad y amabilidad. Así que al fin y al cabo, daba lo mismo lo que le cubriera, mientras se mostrara educación hacia los presentes.
“El Llavero” alzó el brazo apuntando al muchacho y gritó entre sonrisas: “¡Ara vaig xiquet!” (¡ahora voy chico!), mientras terminaba de lustrar unos botines que la sra Carmen abrazaba con su vestido de visón. Sin darse cuenta, Marcos formaba parte de aquel ecosistema tan singular que era el barrio de
Con unas palmaditas en la espalda, J.Antonio “El llavero”, aceptó como válida la excusa de una vulgar pérdida del juego de llaves en el autobús, y prometió pasarse cuando cerrara a eso de las ocho y media, con el crepúsculo ya escondido. Le quedaban dos horas vacías de contenido esperando ser rellenadas. Salió airoso de conversaciones triviales con el forum dialectum (así llamaba al grupo de gente que allí se congregaba), y embotado de preocupaciones avanzó hacia su paseo marítimo. Misma ruta, mismo destino. Tenía que intentar que el viento se llevara al horizonte todo su pesar. De alguna manera, hacerlo desaparecer hasta que se volviera a presentar de improvisto. Pasó frente al escaparate de una droguería, y giró un recodo ya iluminado por las farolas más puntuales de toda valencia. Andaba a grandes pasos, lanzado contra el mar como único salvavidas del oleaje que sabía se le venía encima.
- ¡Marcos! – una voz femenina que reconocía perfectamente se coló por el alto cuello de su gabardina.
Se dio lentamente la vuelta, y pudo contemplar de nuevo a la musa del infierno. Con la misma camisa blanca de esa mañana, aunque envuelta en una chaqueta morada muy discreta, la perversión femenina avanzaba hacia él con botas de tacón alto. Instintivamente se protegió cruzando los brazos ante el busto que se acercaba, aquellos ojos que lo desnudarían de nuevo, los labios que se comerían la pasión que albergaba su romanticismo… No era el mejor momento para que Claudia se encaprichara con él. Y sí, un encuentro podía ser fortuito, pero dos… era demasiado trabajo para una diosa fortuna que hacía tiempo se había olvidado de él. Ya enfrentados, contempló de nuevo las facciones angulosas de aquel bellezón. Sus ojos ingeniosos y traviesos, atractivos por la madurez y convicción que esgrimían. Las botas también moradas conjuntaban perfectamente con la pequeña chaqueta. Unos pantalones negros que encajaban mejor que en el maniquí del sastre, guindaban a la mujer. Conocedora de sus encantos, soltó la coleta que atrapaba su cabello, dejándolo ondear vencedor en el viento hasta que adoptó su forma natural. Con una ingenuidad de antifaz confesó.
- Esta mañana te he visto tan atractivo que no he podido resistirme a espiarte
desde la ventana de mi habitación. – todo retocado con una delicada muesca en su labio inferior, una sonrisa velada, y una mano demasiado inquieta. Había que admitir que nunca jugaba al empate. Esa declaración podría haber tumbado al más sobrio de los caballeros. Y llegaba en aquel preciso instante.
- Ando metido en un problema que no lo ha generado mi mente. Estoy
bastante preocupado Claudia. Lo nuestro terminó. – mostrarse el más seco e imbécil de la faz de
- No quiero relacionarme con un loco. Sos peligroso cabashero. – acercó su
boca hacia su barbilla, intentando morderle la perilla. Él la esquivó mostrando sus verdaderas intenciones. El juego de engaños era un divertimento que no podía concederse tal y como estaban las cosas.
- Necesito hablar Claud. ¿Tienes una hora libre? – la cogió de la mano para
resultar lo más convincente posible.
- Pensaba pasarme hasta la madrugada contigo. Una hora no sé si será
suficiente. – se mordía el labio inferior. Demasiada efusividad. Marcos se olía algo turbio detrás de todo aquello. Y sólo faltaba que lo que fuera arrastrado por aquella vampiresa entrara en escena.
- ¿Te ocurre algo?- y aquí estaba su principal defecto. Si él no tenía ya
bastantes problemas, poseía un extraño don para cargarse con los de los demás, aliviándoles del dolor.
De pronto, la mujer se tambaleó. Comenzó a temblar y apartó su rostro para que éste no pudiera verlo. Un llanto desconsolado afloró de sus pulmones. Desesperación, nerviosismo, euforia, desasosiego. Todo mezclado y bien revuelto con una falsa seguridad en sí misma. Temblaba mientras no dejaba de sonarse la nariz con un cleenex de color rosado, último grito en pañuelos. Se acercó por su espalda, y la abrazó fuertemente, sintiendo aquel cuerpo perfecto medio perdido en sus brazos. La giró para verla un poco mejor. Nunca había tenido aquella expresión de abatimiento en su mirada. Es curioso lo que puede llegar a producir un simple “¿Te ocurre algo?”, en alguien que tan sólo espera escuchar eso. La volvió a estrechar firmemente, y decidió invitarla a uno de esos helados Häagen Dasz que tanto adoraba.
Entraron en la horchatería “Tío Pepe” pasados diez minutos del primer encuentro. Más relajada la situación, y recompuesta la desolación inicial.
Aludiendo que prefería tomar algo líquido, marcharon a aquella vieja horchatería, a saborear dos de esas bebidas que sólo en valencia puedes encontrar. Se acomodaron en la incomodidad de sus asientos, y tras un intenso silencio adaptativo, Claudia volvió a llorar.
- No es justo – algo así balbuceaba entre sollozos, con el albo refrigerio
observando atónito. Su pelo se convertía en una greña incómoda de ver en el marco de su belleza. – No es justo que ocurra Marcos- repetía una y otra vez aquella oración desiderativa de protección.
- ¿El qué exactamente? – con ella siempre era mejor ir al grano. De lo
contrario, era una mesa de ping pong dispuesta a devolverte las pelotas tan escoradas y jodidas, que no volverías a utilizarlas en dos semanas. En el más amplio sentido que se le pueda otorgar a esta afirmación.
- El Marqués me ha expulsado de casa. Me ha tildado de puta francesa! – Los
labios arrugados, los ojos rojos, las mejillas desencajadas.
- Ya era hora de que lo hiciera. – valiente sinceridad a destiempo. Ella sonrió y
le pasó la mano por la barba.
- Eres un encanto pequeño. – Reía casi temerosa de hacer otra cosa que no
fuera sumirse en su llanto.
- ¿Y esta vez qué ha detonado su ira? – todo iba pasando por los estadios que
el muchacho ya conocía. No era la primera vez que era “expulsada” de su hogar por aquel villano cargado de razón. Su ex psicóloga disfrutaba analizando muy a fondo a los pacientes por los que se sentía atraída. No de una forma vana y vulgar, no echando un maldito polvo a escondidas en el despacho. Se entregaba por completo en largas noches de pasión que quedaban marcadas a fuego en sus amantes. El problema residía en que con Marcos había sido distinto. Demasiadas madrugadas abrazados mirándose. Aludiendo ella a la magia de sus ojos verdes, y él, a la atracción del diablo. Ambas eran buenas. (Marcos pensaba que la suya mejor), pero no cabía duda que aquella complicidad traía consigo consuelos recíprocos en vacas flacas. Y las de la princesa del fruto prohibido, siempre giraban en torno a los problemas con su marido.
- Nada. Eso es lo que me preocupa. Hoy fue diferente. Se levantó de su
butacón, se desabrochó el batín y me dijo : “Ves lo abandonado que tengo mi cuerpo?” mientras me enseñaba su fofa carne en ropa interior. Sentí náuseas Marcos. Náuseas de mi marido. “Lo tengo así por tu culpa zorra francesa. Vete de mi casa”. Y a ostias me ha sacado de allí. – dicho lo cual empalideció, y pareció cercana al desmayo. Sus joyas se resaltaban del tapiz desesperado que formaba su figura.
- Bebe algo por favor.- Una tregua, necesitaba un tiempo para saber hasta que
punto era verdad todo aquello. Comprender a trompicones nunca se le había dado bien. Pensaba hondamente sobre lo que le había contado. Era lógico al fin y al cabo. Pero inoportuno como todo lo que le envolvía últimamente. El viejo se tomó vendetta por tantos agravios, justo en la franja de vida que el muchacho necesitaba para sí mismo. No dos semanas antes, cuando el tedio barruntaba sus continuas pajas mentales. Ni siquiera hace 72 horas, con las ventanas cargando de dureza la triste realidad. Ahora, con una N mayúscula revoloteando de un lado a otro de su cabeza, Claudia se veía en la calle, deseosa de que utilizara la cualidad cultivada durante tanto tiempo, que conseguía arrancar sonrisas del fango que envolvía a todos los problemas. Allí frente a él, su objeto de pasión se hacía añicos sin tener ni un gramo de fuerza para soportar los fragmentos más pequeños de sus lágrimas. Ella le miraba esperando una rotundidad que protegiera su alma. Él lo sabía.
- Antes o después iba a ocurrir. – tal vez la indiferencia fuera un refugio ante
su incompetencia como amigo.
- ¿Qué te ocurre Marcos?- la mujer agarró su mano, y sin saber cómo, una
sensación bochornosa ascendió desde el corazón del muchazo hasta sus ojos, lanzando lágrimas de incomprensión hacia la fría fachada de su rostro.
- Ando algo mareado. – fruncía el ceño furioso por la poca entereza mostrada.
Apartaba la caridad de los demás con una falsa autosuficiencia. Siempre servía. Te hacía hablar menos de lo que dolía. Su perfil sin embargo no ocultaba la consternación de su situación. Estaba preocupado por como se desbarataba su trivial subsistencia, arrastrado hacia el oscuro pasado, y dolido por no poder complacer a una persona maravillosa. Y eso ella lo entendía. Se quedaron en suspenso mirándose durante minutos, con lágrimas silenciosas resbalando por su triste empatía.
- ¿A que no has comido poeta? – Claudia fue la primera en rehacerse del
réquiem lacrimosa. Su sonrisa más placentera carecía de sentido. Un escudo más para los derrotados en tantas batallas. Él no recordaba haberse llevado nada a la boca desde la pizza de la noche anterior. La escena convulsa a la que le habían empujado de nuevo, era suficiente excusa esta vez para justificar su dejadez.
- Lo he olvidado. Ya sabes. Como siempre. – se encogió de hombros
fingiendo torpeza, y ella comprendió al instante la llamada de socorro.
- Vamos arriba, te prepararé la cena. – se acercó a la barra y pagó los
refrescos.
Salieron sin entablar palabra, acercándose al portal 38, dónde “El Llavero” esperaba impaciente al despistado de Marcos. La visión del hombre con las nuevas cerraduras en una insípida bolsa de plástico blanco, recordó al muchacho la vorágine de sus últimas veinticuatro horas. Todo sucedía de nuevo. Al igual que antes que encerraran con suerte a aquel demonio. Y Natalia seguía sin contestar.